Prosa
Segundo
Premio: “Vuela”
Verónica Lobo Torres
I.E.S. Velázquez, de
Móstoles (Madrid)
VUELA
Mi
verdugo me susurró al oído, como cada día, con su estridente voz que había
llegado el fin del plácido sueño, de la cálida evasión que me proporcionaba el
barco en el que noche tras noche viajaba hacia la tierra del inconsciente. De
pronto una idea cruzó mi mente llenándome de júbilo, la consciencia de que
estábamos a sábado. Por mucho que intenté ignorarla, no dejé de oír una voz,
que con un tono asquerosamente racional, me invitaba desde mi interior a
abandonar la cama y averiguar la inusitada Causa que podía haberme inducido a
poner el despertador a las siete de la mañana uno de los llamados Días Sacros
que componían el esperado fin de semana. La voz me convidaba a abrir los ojos
con insistencia y no con tanta amabilidad como antes, sin dejarme otra
alternativa que sucumbir a sus órdenes. Intenté buscar las zapatillas entre el
lío de ropa que descansaba feliz, sin conciencia de mis problemas interiores, a
los pies de la cama. De pronto pisé algo que me hizo resbalar con tan mala
suerte que fui a darme de bruces con la pared, con una pared de la que colgaba
un calendario. Algo relampagueó mi caletre proporcionándome un entendimiento y
súbito, la Causa colgaba de mi pared con cara de inocencia como si el asunto no
fuera con ella, como si el asunto no fuera con ella, como si mi vida no
dependiera de ella, de una simple hoja del papel. La página me miraba con una
sonrisa de complicidad, ¡No quiero complicidad! ¡Quiero que no existas! pero
allí seguía, llena de ridículos círculos rojos... aquel fatídico mes... aquello
que sin atreverse a llamar patíbulo, llaman Exámenes Finales.
Intenté
no hacer ruido para que mi familia no sufriera el azote del sistema educativo,
o tal vez de la irresponsabilidad de su propio hijo, la amnesia que sufría
acerca de lo académico hasta la última semana, la única que quedaba antes de
los exámenes finales.
En ese
momento me vi atacado de un pánico, una enfermedad muy generalizada entre
adolescentes, llamada Estudiantis Fobia que se caracterizaba por los sudores de
lágrimas heladas y la frase "si hubiera..." en la cabeza. Esta
patología se presenta antes de que el estudiante se lance a la ardua tarea de
comerse todos los libros en un tiempo muy escaso. Me prometí una (y mil veces
más) que el próximo curso sería diferente, que estudiaría todos los días e
invoqué a algún tipo de Fuerza superior, en las que a diario no creía, para que
me prestara su ayuda, ofreciendo todo tipo de libaciones en forma de
sacrificio, para poder salir del paso.
La del
alba sería mientras pensamientos confusos, desordenados y carentes de sentido
ocupaban la escasa materia gris existente en mi cabeza a esas horas. Mis pasos
me dirigían a la biblioteca municipal. Cuando llegué, mi reloj aún marcaban las
ocho, faltaba una hora para la Gran Apertura pero una veintena de mochilas de
las que colgaban personas con cara somnolienta ya se agrupaban en torno a la
puerta. Ocupé el lugar que me correspondía detrás de una chica que me miró y al
sonreír me mostró que sus ojeras le
llegaban hasta la rabadilla, esa era una característica inconfundible de la
Estudiantis Fobia. Apoyándome en la pared, me dejé caer, deslizándome hasta
quedar sentado en el suelo. Intenté
pensar en algo divertido para subir mi moral e imaginé que éramos fanáticos de
un grupo de rock haciendo noche para conseguir entradas para un concierto muy
exclusivo, o periodistas acechando la salida del Presidente de la República que acababa de reunirse con un
famosos humorista para pedirle su opinión sobre la marcha de la economía en la
nación o tal vez... No, mis apuntes de latín me reclamaban desde mi carpeta, me
gritaban que les dejara salir tras largo tiempo de encierro, como un genio
suplicaría que le dejaran salir de su pequeña lámpara mágica. El lunes tenía mi
último examen de latín, el decisivo, después me consagraría por completo a mis
ciencias.
Aprobar
este examen significaría librarme de una pesada losa que se erguía sobre mis
espaldas.
Centré
mis pensamientos en el texto que tenía delante y me disponía a realizar el
necesario pero incomprensible análisis sintáctico, pero entonces la vi.
Apareció allí, rauda como un fantasma que se desvanece en el aire pasó ante mi
mirada, la había visto otras veces pero nunca tan preciosa como entonces. No
fui capaz de volver a concentrarme, la buscaba desesperadamente, intuía que
volvería a verla en un breve intervalo de tiempo, demasiado breve como para
poder estudiar mientras la esperaba. Cerré mis apuntes y la aguardé. No volvió
a pasar.
A las
nueve y cinco un funcionario con cara de sueño abrió la puerta apartándose, tan
veloz como le permitían sus extremidades interiores para evitar ser arrollado
por la avalancha humana que intentaba entrar en el Edificio que podía
significar la salvación, la curación para nuestra común enfermedad... Exacto,
eso era lo que parecíamos, un grupo de enfermes que se acercan a un lugar
sagrado con la esperanza de la pronta curación ya sea mediante un milagro o
unas tomas de la medicina apropiada.
Algunos
esperaban el ascensor en la planta baja, pero los más éramos los que subíamos
corriendo por las escaleras con una única idea en la cabeza, llegar más rápido
que los demás que ya no eran una veintena sino que se habían reproducido
extraordinariamente aprisa. Un reto casi imposible, conseguir un sitio, una
silla y a lo mejor con un poco de suerte incluso una mesa. Mis fuerzas
empezaron a flaquear pero hice de tripas voluntad y piernas, que bajo mi peso
comenzaban a temblar por el desmedido esfuerzo realizado. A1 final, conseguí
llegar a la meta y sólo me habían precedido quince personas, una satisfacción
pequeñita, semejante a la que sientes cuando te comes un pastel, anidó en el
tronco del exhausto cuerpo que contenía mi mente.
Rápido me
senté en un sitio relativamente bueno, con una mesa, una silla y una papelera
en el lado derecho para poder ir echando los papeles de los caramelos de café
que iba consumiendo y me mantenían en pie. Abrí la carpeta, el verbo sum estaba
allí y decidí hacer caso de la casualidad que había hecho que se abriera
precisamente por esa página y no por otra, acaso fuera una premonición, una
señal que Júpiter me enviaba. Sum, es, est, sumus, estüüüüs... No podía, ella
había vuelto a aparecer y me miraba fijamente. Sus ojos negros me estaban
matando y no podía concentrarme en el estudio
, en lo
que me había llevado allí. Sus ojazos negros me mataban, no había contado con
su presencia cuando una estúpida decisión me llevó a decidir ir a la biblioteca
a estudiar. No, no por favor, no te pongas frente a mí, no te apoyes en la
misma mesa que yo, no te acerques tanto... Aún no entiendo la fascinación que
ella ejercía sobre mí, algo irracional, ilógico que me arrastraba a la
perdición. Intenté fijar una y otra vez la vista en los apuntes, pero los
tiempos verbales no acudían a mi mente y su imagen, un ligero movimiento suyo,
bastó para captar nuevamente mi atención. No podía resistirlo durante más
tiempo, así que me levanté para salir un rato a fumar un cigarro y esperar que
cuando volviera tal vez se habría ido. En ese cuarto de hora no me acordé de
ella, ironías que tiene la vida o capacidades que posee la nicotina, quién
sabe. Algo en el interior de mi cabeza martilleó mis sesos suscitándome
sentimientos de culpa, remordimientos por no estar estudiando cuando cientos de
enfermos se han quedado sin su oportunidad de entrar, sin posibilidad de
curación. Volví a la mesa que ocupaba desde las nueve de la mañana, el reloj de
la pared marcaba la una y no había avanzado en la materia ¡la una! Ese cigarro
se había alargado y ahora tenía que darme prisa. Volví a los apuntes, esta vez
la carpeta se abrió por las retroversiones, saqué un folio, la primera frase
parecía bastante sencilla. Ella no se había ido, pero pensaba darla un estímulo
reforzante de omisión, iba a ignorarla hasta que se fuera, una buena táctica de
presión psicológica hasta que ella utilizó sus encantos femeninos y consiguió
captar de nuevo toda mi atención.
Sus
delgadas y pequeñas piernas se agitaban frente a mi vista, era muy morena casi
como la noche y los movimientos que realizaba eran casi sensuales. Se estaba
insinuando ante mí claramente. Avergonzado de que alguno de mis compañeros de
mesa pudiera darse cuenta de mis ilícitos pensamientos, levanté la vista para ver
qué hacía ellos. El chico de la izquierda con un movimiento de cabeza furtivo
volvió la mirada a su libro de Geología al darse cuenta de que le estaba
obse4rvando. Los otros cinco chicos de la mesa no eran conscientes de que mi
atenta mirada recaía sobre ellos, estaban ensimismados mirando a... ¡A ella!
¡La miraban a ella! De pronto entendí lo que ocurría, ella era una obsesión que
acaparaba la atención de los estudiantes, que nos tendía una trampa de la que
ya no podíamos escapar, ella era nuestra perdición. Tomé una decisión, iba a
hacer que se largara de allí, ya no la aguantaba más tiempo, ahora su presencia
se había tornado insoportable para mí. Esperé que fuera suficiente con un golpe
brusco sobre la mesa para que su frágil cuerpo se asustara y nos dejara
estudiar en paz y, en efecto, así fue a un golpe de mi puño en la mesa. la
mosca echó a volar. Mis compañeros de mesa se frotaron los párpados como si
hubieran sido víctimas de un poderoso hechizo y se acabaran de liberar de él.
Cada uno volvió a sus apuntes. Sum, es, est, sumus, estis, sunt.
Seudónimo:
"Clío"