Jorge
García Cardiel
La muerte del oficinista
Silencio. El silencio llenaba el pequeño piso con un manto gris, mudo y agobiante. Una rendija de luz se colaba bajo el viejo cobertor; la luz anaranjada de la farola de la esquina, que se proyectaba sobre las fotos enmarcadas de la pared. Sonrisas lejanas, recuerdos lejanos. Imágenes de un pasado a la luz de la noche. Las brasas de un pitillo brillaban en la oscuridad. Hacia frío, incluso debajo de las mantas.
-...Las bombas de la OTAN cayeron
por error sobre una mezquita. Los muertos se cuentan por docenas. Nuestro
enviado especial no ha podido... Vaya. Otra noche sin dormir. Otra más.
Tanteando con la mano, apagó el despertador. Tambaleante, se levantó y, en unos segundos, hizo su cama y se preparó
para ir al trabajo. Por todo desayuno, tomó una taza del café. Tras guardar la
caja de las pastillas para dormir -tendría que hablar con el médico, ya no le servían
para nada-, se vistió y, sin mirarse siquiera en el espejo, salió del edificio.
La chaqueta y los pantalones grises apenas se veían en la oscuridad del
descansillo. La bombilla no funcionaba. Tras esperar
unos segundos, el zumbido de! ascensor precedió a
aquel cacharro trepidante. Entró y pulsó el botón. Tras un traqueteo, el
mecanismo se puso en marcha, para pararse en el piso de abajo.
-Buenos días, señor Gómez.
El vecino del tercero C.
El joven con el que se encontraba todas las mañanas. No sabía en que trabajaba, sólo que salía cada día a la misma hora que él.
No le pudo devolver la
cortesía. No recordaba cómo se llamaba. Por todo saludo, le miró con una media
sonrisa, como cada mañana. Al llegar al piso bajo,
y tras un frenazo -aquel cacharro se rompería un día de estos -ambos hombres salieron a la calle, y cada uno tomó una dirección sin volver a
mirarse.
Con
paso rápido, nuestro hombre se encaminó por la acera, hacia la boca de metro de
la calle de al lado. Miró el reloj. Iba bien de tiempo. Se respiraba la humedad. Iba a empezar a llover antes de que
pudiera llegar al trabajo.
Al doblar la esquina, se
encontró con la vecina de la puerta de enfrente a la suya. Paseaba al perro. No
era la primera vez que a aquellas horas de la mañana se la encontraba paseando
al perro. De hecho, ella salía cada vez que la noche anterior se oían golpes y
chillidos en el inmueble. Ella llevaba gafas de sol. Sus labios, sensuales
hacía tan sólo unos años, ahora estaban penosamente amoratados.
El
hombre la miró a los ojos. Ella le
lanzó una mirada perdida desde detrás de los cristales oscuros. No sabían que
decirse.
-Buenos días señor Gómez. Él se detuvo. La
miró, sin saber muy bien qué decir. Se inclinó, y acarició la cabeza del perro.
-Señora, si puedo hacer algo por usted... Si
quiere decirme algo...
-Gracias, señor Gómez, pero es asunto mío.
Por
supuesto que sí. Tras despedirse con la cabeza, el hombre se encaminó, lentamente
hacia la entrada del suburbano. Mientras bajaba las escaleras, oyó el estruendo
del convoy.
-Mierda. Se había despistado con la hora. Iba
a llegar tarde al trabajo.
En
el vagón, todas las caras le miraron soñolientas. Que él recordara, nunca había
perdido el metro. Tomó asiento, en la quinta butaca a la izquierda. Mala
elección. Había un chicle pegado al respaldo. Con un suspiro, se sentó en la
butaca de al lado. Chirriantes, las puertas se cerraron, y el gusano metálico
tomó velocidad en su oscura madriguera. En la siguiente estación, entró al
coche casi vacío una joven, con un maletín. Tras mirarle con ojos risueños, se
quedó de pie, al lado de nuestro hombre. En cuanto el vagón se puso en
movimiento, la mujer sacó de alguna parte una novela, y comenzó a leer.
¿Cuántos años llevaba sin salir con una mujer? Varios años. El trabajo no le
dejaba tiempo para salir. Por eso lo dejó Lola. Con un suspiro, posó
inintencionadamente los ojos en la mujer vecina. ¿Cuánto llevaba sin ver a
Lola? La verdad es que ya la había olvidado. Llevaba mucho tiempo sin pensar en
mujeres. El amor no era más que un cúmulo de cargas inútiles en aquella lucha
por la supervivencia.
Cuando se quiso dar cuenta, la joven había apartado la vista del libro, y lo estaba
mirando. Ofuscado, se dio cuenta de que había estado contemplándola.
-¿Ha leído usted algo de este
autor?
-Discúlpeme...
No... -Él estaba mirando a la mujer, no al libro.
-Es muy interesante. Escuche esto... "El
mundo no es más que una invención de un dios"
Antes
de que supiera qué decir, advirtió que la estación a la que llegaba el metro
era la suya.
-Si me disculpa...
Con torpes movimientos, se abrió paso por el
vagón, y salió a la estación, fría y desierta. No quería complicaciones con
mujeres desconocidas. Con paso rápido, salió de la estación. Llovía a cantaros.
Recordó que tenía que comprarse un paraguas. Se iba a empapar. Llevaba años sin
leer un libro. Antes le resultaba entretenido, pero acabó cansándose de
aquellas aventuras que les ocurrían a gente tan especial. Fábulas sin sentido.
No eran para él. ¿Qué había dicho la mujer? El mundo no es más que una
invención de un dios. Vaya tontería. Qué cosas leía la gente. ¿Qué tontería era
esa? El suelo que estaba pisando no era invención, era duro y encharcado. El
aire húmedo y frío. que le llegaba hasta la médula, desde luego que era algo
más real que un sueño. Si alguien había inventado eso, que poca imaginación
tenia.
¿En
qué tonterías estaba pensando?
Volvió
a mirar el reloj. Definitivamente llegaba tarde. Las seis y veinte. Entró con
paso rápido en la oficina, directamente hacia el despacho del jefe de personal.
-Buenos
días, señor Gómez. ¿Se nos han pecado las sábanas hoy?
-No,
señor. Verá. Perdí el metro... Lo siento. No se volverá a repetir
- Confío en ello. Le será descontado de su
sueldo el tiempo correspondiente. Vuelva a su puesto de trabajo.
Eso no se lo esperaba. No
había llegado tarde a la oficina en años. Sin darse apenas cuenta, salió del
despacho dando un portazo. Tras bajar un par de pisos, entró en su
correspondiente despacho, y se situó delante de su ordenador. Ese día tenía
mucho trabajo por delante.
Nunca
había creído en Dios. A decir verdad, nunca se había planteado seriamente la
existencia de algo que no pudiera ver. El mundo ya era lo bastante complicado
por sí sólo, como para admitirla existencia de otras cosas ajenas a él.
Miró por la ventana. El patio interior del
edificio apenas dejaba ver un trozo de cielo. Alguien tenía que haber creado
eso... ¿no? Nada podía ser eterno... pero algo tenía que haber existido desde
siempre. Quizá sí existiera un Dios. En cierta manera, se podría decir que el
mundo era su obra... o su invención. ¿Era el mundo una invención? Dejó vagar su
mirada por las ventanas. Esa mañana no le apetecía trabajar. Daba igual, nunca
le pedían los informes hasta final de mes. La luz que entraba por la ventana
era real. Le estaba deslumbrando. ¿En qué pensaba ese día? Desde luego que todo
era real. Llevaba viviendo toda su vida en aquel mundo. Nada cambiaba. Día tras
día en aquella ciudad gris. De repente, reparó en una cara en la ventana de
enfrente. El jefe de planta. Rápidamente, se retiró de la ventana. Sin embargo,
a los pocos segundos, una secretaria llamó a su puerta, y le indicó que debía
presentarse de nuevo en el despacho de personal.
Aún
llovía cuando nuestro hombre salió a la calle. Despedido. ¿Qué le había pasado
ese día? ¿Por qué había gritado a aquel hombre seboso? Más de diez años
trabajando en el mismo sitio, nunca había tenido un problema, y aquel día, le
habían despedido. ¿En qué andaba pensando?
En el libro de la joven del metro, sin duda.
Era de locos, pero no se podía quitar la frase de la cabeza. ¿El mundo era una
invención?
Tranquilamente -no tenía prisa- cogió el metro
para volver a su casa. No tenía otro sitio adonde ir.
Cuando
entró en su casa, sin preocuparse de quitarse la ropa, se dejó caer en su cama.
Tras unos minutos de no hacer nada, se levantó y encendió el antiguo televisor
del apartamento.
-Los daños colaterales de la guerra están
siendo catastróficos. Ante la condena del Vaticano y la desaprobación de la
ONU, la integridad de la OTAN pende de un hilo. La guerra, que se está alargando
fuera de toda expectativa...
Con un suspiro, el hombre cambió de canal. En
el siguiente, ponían un largometraje de animación. Si existía algún dios...
¿sería tan cruel como para permitir la muerte y el dolor? ¿Es que ese Dios se
había desentendido del mundo tras su Creación? Nunca encontraría repuesta a
aquellas preguntas. Eran ganas de calentarse la cabeza.
Observó el televisor. ¿Los
protagonistas de aquella película sabrían que su mundo no era real. que no eran
más que dibujos, pálidas representaciones de un mundo exterior? Desde luego que
no. no existían, no eran más que dibujos. Pero... si pudieran pensar...
¿Sería
él el protagonista de una historia creada por algún ser superior?. Si así era,
no comprendía como un ser divino podía crear una historia tan gris como la
suya. Quizá los dioses no tenían imaginación. O el ser que le había creado era
un novato, o un chapucero. Vaya historia insulsa que había creado. É! no era
ningún héroe, nunca lo había sido ni nunca lo sería. Además, su mundo no era de
aquellos de las novelas, en los que las aventuras se dan como hongos. Aquel
mundo era un mundo frío, distante, en el que un día sucedía al anterior sin
apenas variación.
Quizá había decepcionado a su
creador. ¿Podría saber qué esperaba Dios de él? Por supuesto que no. ¿Había
decepcionado a su creador? ¿Su vida tenía sentido? Si había nacido para ser un
héroe, desde luego que no había cumplido. A decir verdad, en todos aquellos
años, no había conseguido nada más que aquel mísero apartamento. Decidió que
tenía que dormir un rato. Se tomó una pastilla, y se echó en la cama. ¿De
verdad su vida no tenía sentido? ¿Merecía seguir viviendo? Los minutos pasaban,
y él no conciliaba el sueño. Si seguía sin dormir, terminaría deprimiéndose en
serio. Alargando una mano, cogió otra pastilla Ya lo había hecho alguna vez.
Dos pastillas lo ayudaban a dormir mejor.
Se sentía mal. Acababa de
descubrir que su vida no tenía sentido. Estaba anocheciendo. Lo habían
despedido. La luz de la farola se comenzaba a filtrar bajo el viejo cobertor.
Sin darse cuenta de lo que hacía, cogió otra pastilla.
En los últimos momentos de su
vida, una fría certeza atravesó su corazón. No era el héroe de una historia
épica. Era el protagonista de una triste tragedia gris. Una historia más en una
fría ciudad.
Silencio. El silencio llenaba
el pequeño piso con un manto agobiante, plomizo, muerto. Una rendija de luz se
colaba bajo el viejo cobertor; la luz anaranjada de la farola de la esquina,
que se proyectaba sobre las fotos enmarcadas de la pared. Sonrisas añorantes,
recuerdos lejanos de una vida pasada. Imágenes de un pasado feliz a la luz de
la noche. Nada se veía en la oscuridad. Ya no se notaba el frío.