PROSA

 

Primer premio: “La espera”

 

Carlos Crespo Pozo

Colegio: Santísima Trinidad Alcorcen (COU). Alcorcón

LA ESPERA

Finalmente ha llegado el momento en el que ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo llevamos encerrados aquí. Todos tenemos hambre y sed, y nuestros cuerpos apenas sí conservan las fuerzas para seguir viviendo. Nos encontramos en un espacio tan reducido que ni siquiera podemos sentamos. El sitio nos viene justo; no podemos movemos, estamos absolutamente comprimidos, y la cabeza nos toca con el suelo porque nos encontramos situados al revés. Nuestro recinto tiene tan escasa altura, que a pesar de apoyar nuestro peso en la cabeza, no sentimos dolor porque nuestra longitud se ajusta por completo a la distancia entre techo y suelo. Esto es como estar flotando en el espacio, en una total oscuridad.

Algunos de mis compañeros han terminado por sucumbir a la inconsciencia. Otros lloran, otros gritan de terror. Y ninguno conserva ya la esperanza de salir de aquí. A las carencias más básicas que sufrimos se está empezando a sumar la escasez de oxígeno. Este lugar debe de ser hermético.

Hace un rato -si es que se puede hablar de nociones temporales aquí-, tal vez ayer, tal vez hace una semana, un compañero sufrió un ataque de claustrofobia. Los demás sólo podíamos escuchar sus gritos de angustia, porque ni siquiera tenemos sitio para levantar los brazos y tapamos los oídos. No puedes estar seguro de si esos chillidos vienen de tu lado izquierdo o derecho, o de la parte de delante. El sonido se pierde, el aire es cada vez más pesado. El calor es sofocante y siento cómo mi cabeza se adormece. Cierro los ojos, y me invade el sueño. Tal vez no despierte... Mejor, así no sentiré mis pulmones quedándose sin aire, no tendré que sufrir.

Ya perdida la esperanza de salir de aquí, lo mejor es buscar una forma de morir...

Mi compañero de la izquierda me despierta, me llama con insistencia. Lo primero que atrae mi atención, es el calor que me recorre la espalda. La pared está muy caliente, y no puedo moverme hacia delante para apartarme.

Mi compañero me dice que han abierto una trampilla en el techo, y que cree que van a liberamos. Entonces es cuando reparo en el frescor de aire. Siento mi cuerpo descansado por el sueño y renovado por la mejor pureza del ambiente que se respira ahora. Todos pedimos auxilio, y desde nuestra inmovilidad reímos y celebramos el momento con nuestros compañeros más próximos mediante felices miradas de reojo.

A través de un mar de cabezas que se extiende delante de mí, veo cómo una de ellas empieza a elevarse hacia el exterior. Yo estoy justo en el otro extremo de la estancia, de modo que, si esto va en orden voy a ser el último en salir. No importa, el caso es volver a vivir.

La luz llega muy débil a mi sitio, pero aún así puedo advertir claramente que se trata de la brillante luz de la mañana. Estoy muy feliz. ¡Me alegra tanto volver a ver! Veo a todos los que hay delante de mí y a mi lado. Todo lo percibo borroso, pues gran parte de la sangre de mi cuerpo se encuentra almacenada en mi cabeza. Las náuseas, los mareos y el malestar general son ya algo que consideramos inminente a nuestro existir, pero se ha abierto la esperanza de relegar esos síntomas a la enfermedad.

Uno de los situados a la entrada ríe de felicidad, y nos dice a todos que estamos casi libres porque lo que ha abierto es una trampilla, sino que han quitado un trozo de techo y ya no vamos a volver nunca a caer en la oscuridad. Pero pronto su gesto se torna en una mueca de horror, al escuchar los aullidos de dolor del compañero que creíamos salvado.

Estamos todos desconcertados. Tenemos un poco más de espacio, y logro girar la cabeza para mirar al que está a mi lado. ¡Dios mío! Si logro salir de aquí nunca olvidaré su cara, su mirada. Con desesperación me pregunta que qué creo que va a ser de nosotros. Dos lágrimas brotan de sus ojos, y la imagen se borra aún más de los míos. En un suspiro ahogado, sin sacar la voz, le contesto: “No sé".

El desconcierto me domina; estoy aterrado. El sudor recorre todo mi cuerpo, y aunque el aire es más puro, me falta la respiración y me veo obligado a jadear. El nerviosismo me ahoga. Necesito salir, aunque ahí fuera me espere la muerte. Poco a poco supero esa crisis. En el fondo todavía tengo la remota esperanza de ser salvado.

Otro compañero se despide de nosotros cuando le llega su turno. Su cara sólo expresa duda, tal vez temor. No sabe qué le va a ocurrir. Le miró fijamente mientras su cuerpo sale de nuestra celda y me imagino en su situación. Me veo en el mundo exterior, con mi familia y mis amigos, celebrando todos juntos eso mismo, que estamos de nuevo todos juntos.

Cuando vuelvo a la realidad escucho los murmullos de mi compañero: ''Dios Santo, Dios Santo, no lo permitas. No, no...". Su repetida alegoría me cala todo el cuerpo e invade mi cerebro, llegando a todos los rincones como una playa de sombras.

Un pequeño aliciente dentro de lo peor: delante de mí hay mucho sitio, pues ya se han llevado, según me dice uno de los de delante, a doce compañeros. Sólo quedamos ocho.

Estoy tumbado boca arriba. Aprovechando que mi espacio vital se ha ampliado, me decido a caminar. Al intentarlo caigo al suelo; mis piernas no responden.

Descubro que la luz ha cambiado; ahora es más oscura. ¡Dios, es un atardecer! ¡Qué maravilla!. La súplica de mi compañero de la izquierda se transforma poco a poco en un grito de angustia. Arrastrándome por el suelo me dirijo a él para intentar tranquilizarle. Es inútil. Escucho entonces el alarido de un compañero al que le ha llegado la hora. Agacho la cabeza y cierro los ojos. Me incorporo a la petición de mi compañero y rezamos sin descanso. Él deja resbalar su espalda por la pared y se sienta a mi lado. Nos abrazamos y lloramos con desesperación.

Otro compañero, guiado por el sol, ha deducido que cogen a uno cada media hora aproximadamente. Me paso el tiempo tranquilizando a mi compañero y de vez en cuando intento caminar y hablar con los demás para que me tranquilicen a mí.

Se llevan a otro; ya sólo quedamos seis. Paseo la mirada a mi alrededor, y me doy cuenta de que un hombre mayor me observa a través de sus cansados ojos. No sé cómo con su edad ha podido aguantar todo lo que hemos pasado. Se acerca a mí y me dice: "¿Sabe? No le conozco pero le quiero." Llora, y yo dudo. ¿Le abrazo? ¿Le consuelo? Un arrebato de miedo me domina y me aferró a él.

Nuestra situación me asquea, y me siento furioso por todo esto. Pero ese sentimiento se pierde pronto, y me doy cuenta de que he perdido mi autoestima. Lo único que me importa es morir sin dolor. Me entrego por completo a un nuevo mareo, sin oponer resistencia para mantenerme consciente. Ojalá muera antes de despertar.

Lentamente abro los ojos. ¿Estoy en el cielo?.

La imagen que aparece frente a mí me horroriza: veo cómo desaparece otro de los nuestros. Miro alrededor y veo a mi compañero sentado y llorando. No hay nadie más.

Pienso con lástima en el anciano que me dijo aquello. Supongo que ahora mismo estará muerto. Una inmensa tristeza me invade, y ni siquiera tengo fuerzas para protestar.

Me siento junto a mi compañero que se ha acurrucado en otro rincón para esperar el momento en que uno de nosotros abandone este sitio. Nos espera un futuro incierto. Pero cualquier cosa es mejor que esto..

Mi ya único compañero se levanta lentamente y corre con las pocas fuerzas que conserva hasta situarse bajo el tenue rayo de luz. Grita a los de arriba que le maten ya, que acaben con su vida cuanto antes. Luego me mira y me dice: "Yo no gritaré como los demás. Yo haré como ese anciano. ¿Te diste cuenta? Ni siquiera emitió un gruñido.

Camina hacia mí y me abraza. Luego continúa hablando: “No te preocupas. Nuestro enemigo nos está matando, pro aunque crea que nos está ganando, todos unidos lograremos hacer de él una ruina."

Se aleja, y de nuevo bajo la luz me grita: "¡Vamos, adelante! Ya me toca. Creo que no quieren esperar la media hora. ¡Adiós! Espero verte pronto en un lugar mucho mejor".

Doy media vuelta dándole la espalda, y mientras veo su sombra elevándose en la pared, recuerdo mi infancia en el campo, y todos aquellos momentos felices que ya no volverán.

Primero nos cogieron a todos juntos, y luego nos agruparon de veinte en veinte y nos encerraron en estas celdas. Nos han tratado peor que a un puñado de animales.

Los sentimientos se suceden y las imágenes fluyen por mi mente, hasta que al final todo se detiene y me siento solo.

No sé cuánto tiempo hace que se llevaron a mi compañero. ¡Mi compañero! Mi compañero de la izquierda... Ahora lo recuerdo con cariño y nostalgia. No sé se ha gritado o no. Pasan los minutos y sólo puede esperar. ¿Esperar qué? Esperar... ¿para qué? Creo que estoy vacío. He terminado por no sentir nada. Debo de estar más allá del miedo y del espanto.

Y mi tumo termina por llegar. Ya no importa. Mi cuerpo está débil, herido, sangrante y retorcido, y sólo siento la necesidad de descansar.

Mientras me elevan en el aire, y Justo antes de cerrar los ojos, miro a mi alrededor, pero mi mente ya no puede identificar las imágenes. Siento cómo unos fuertes, enormes y potentes labios oprimen mis pies, y la temperatura sube de pronto de forma salvaje. Abro los ojos y veo cómo se acerca hacia mí una gran antorcha que termina por abrasarme la cabeza. Mi cráneo arde y las llamas recorren mis mejillas, mi nariz, mi boca.

De pronto mis casi nulas energías son absorbidas por esos monstruosos labios que me sostienen de los pies, dejando mi cuerpo flotando en posición horizontal. Mis flujos vitales me abandonan, escapando a oleadas a través de las plantas de mis pies.

Apenas puedo pensar pero una sensación de felicidad y triunfo me invade al imaginarme a todos mis compañeros y a mí celebrando en ora vida que toda nuestras muertes valieron para hacer de nuestro enemigo una ruina. Se merece morir. Se merece que le traten como nos ha tratado él a nosotros.

¡Todo el cuerpo me duele! ¡Mis pies se ablandan y calientan!. Sí, nos han tratado como a bestias. ¡Me duele! ¡No debo gritar!

Incluso nos estamparon en el cuerpo como a un rebaño, un sello que decía "FORTUNA". Sólo tengo fuerzas para expirar.

 

“Nicotina”