PROSA:
Primer premio: "LA DAMA DE OTOÑO”
Autor: Soraya Guerrero
Guerrero.
I.E.S."MARIA MOLINER
Dedicatoria: A todos
los seres que sufren y han sufrido alguna vez. Y a los libros, que no
son más que los sufrimientos hechos literatura.
Al viejo Zacarías le aburre ya la vida. Desde que hace tres meses
le dieron la jubilación ya no es el mismo- Anda pululando por las calles, envuelto en su viejo abrigo de paño, con su
boina metida hasta las orejas, y con
una mirada fugitiva, rebelde, que no
logra posarse en nada.
Apenas descansa ya por las noches. Le ha mermado la salud, va
haciéndose más viejo por momentos, más ausente.
Intranquilo, recorre la ciudad con
sus gastados zapatones, viejos ya como su dueño. Y al atardecer, a eso de las
seis y media, vuelve a casa, helado y sobrecogido.
Las horas de le hacen largas e
interminables. Va de un lado a otro de la casa, hasta que Carmen, su mujer, le
pone la cena en la mesa y le ruega nerviosa, que se siente.
Después, cuando los dos han cenado
ya, ella recoge la mesa silenciosamente y él fuma, uno detrás de otro, los
baratos cigarrillos del estanco. Apenas hay diálogo. De vez en cuando, sus
miradas se encuentran y se percatan de que tienen mucho que decirse, pero miedosamente, se esconden las
palabras, sus ojos...
Zacarías apenas duerme. Se levanta
seis o siete veces durante la noche y en el silencio de ésta, su cuerpo
nervioso y enclenque tiembla como el de un niño.
Ahora ya no se levantan temprano.
Si acaso él, a eso de las ocho, tose bruscamente y apoyándose en la
desvencijada mesilla se pone en pie. Tarda casi una hora en ponerse los pantalones
de pana, la camisa... y después cuando
el silbido de la cafetera cesa y los dos toman a sorbos el desayuno, lentamente
abre la puerta del salón y se siente en una hermosa butaca, que balancea de un
lado a otro, casi por el espacio de una hora.
Pero esta mañana se levantó
nervioso, bruscamente de la butaca y aproximándose al estante de libros,
comenzó a buscar con sus dedos venosos una pequeña fotografía de cuando él
tenía diecinueve años. Una fotografía en blanco y negro, que se había hecho con
unos compañeros, en su primer trabajo, una fábrica de conservas.
No sabía cómo, pero la imagen le
había venido a la mente de repente e inconscientemente, sentía el deseo de
enredarla entre sus dedos.
Uno por uno registró los libros llenos
de polvo, solitarios, objetos de mera decoración, que estaban allí como los
jarrones, y las flores, y los cuadros, como en tantos otros hogares sin ser
queridos, sin ser, más que hojas escritas...
Al fin la encontró. Era algo mayor
que un billete de metro, pero quizás, uno de los pocos recuerdos que le quedase
de su juventud.
Uno a uno fue señalándolos. Trajo
a su memoria incluso las palabras que en algún momento habían dicho, recordó
con facilidad sus motes aunque no sus nombres. Y nervioso, intentaba acordarse
del apodo, que colectivamente le
impusieron al muchacho de la izquierda.
Sí, "el intelectual",
porque siempre estaba comentando éste, aquél, y cuantos libros cayesen en sus
manos. Siempre ansioso de leer, de descubrirse poco a poco, entre las páginas,
de comprenderse lentamente.
Zacarías recordó entonces que este
muchachillo le había regalado un libro con una hermosa dedicatoria y de nuevo
empezó a buscarlo entre los libros del estante. Inquieto al no encontrarlo, fue
rápidamente a su habitación y registró furioso cada cajón, cada armario. Al
fin, cuando creía ya haberlo perdido, se dio cuenta de que estaba envuelto en
papel de periódico sobre la maleta inútil, al lado de la cama.
Allí, tanto tiempo allí y él, sin
haberse dignado a abrirlo desde que se lo regalara. Con vergüenza leyó para sí
la dedicatoria y se sintió culpable, mísero. Sabía leer y escribir con
facilidad y ni siquiera leía las páginas de un periódico. Estaba demasiado
cerrado en sí mismo como para percatarse de lo que ocurría a su alrededor.
Desperdiciaba el tiempo lamentándose en sus desgracias, sin darse cuenta que no
era el único ser desgraciado.
Pasó titubeante las páginas. Muy
despacio leyó las primeras frases, el primer capítulo. Sintió un placer no
vivido, recorrerle el cuerpo, asirle a las páginas. Se sintió más joven, otro
Zacarías.
Y balanceando su butaca hoy se le
puede ver ensimismado, absorto en sus lecturas- Intentando descubrir de sí
mismo lo que otros acaso llegan a imaginar que existe.
La dama de otoño.