Prosa

 

PRIMER PREMIO:”Jiloca”

 

 

Autor: Álvaro de la Morena Serrano

I.E.S. Rosa Chacel 

Colmenar Viejo. Madrid.

 

 

"Detesto este país, es como si hubiese quedado atrapado en el tiempo mientras el resto del mundo progresaba.  Detesto sus gentes hostiles, salvajes, ignorantes y fanáticas, tan tozudas como despreciables por sus prehistóricos e inmundos ademanes.

He aquí un ejemplo de esta barbarie, -indicó el coronel Deleany a sus subalternos señalando a un acemilero que les saludaba burlonamente desde un borde del camino-, fijaos en esa faz de puerco, con esa barba sucia y desarreglada que bien podría confundirse con una lonja de piojos, y esa estúpida manera de vestir con el pañuelo ceñido a la cabeza y esa ridícula faja en la cintura, y qué decir del enorme cuerno que pende de su cuello, es el colofón perfecto para este fiel reflejo del hombre de las cavernas. Definitivamente, amigo mío, detesto este país."

 

El espectáculo era digno de contemplar, al frente de la columna francesa marchaba un almibarado oficial que platicaba despreocupadamente con el resto de oficiales que lo rodeaban. Su uniforme era todo un dechado de brocado y pedrería, rematado con un sombrero de dos picos adornado por un grandioso penacho azul. Tras la atildada perfección en el vestir de su comandante marchaban los coraceros, flor y nata de la caballería francesa, héroes de las pirámides y Jena, con su ajedrezado pabellón tremolando orgulloso al viento. Inmediatamente detrás de los coraceros se situaban los carros de bagaje y el tren de artillería con unas ocho piezas, que si bien no estaban los tubos al descubierto, por el tamaño de las cureñas diría que se trataba de piezas de diez a doce libras. La infantería ponía fin a la columna con una interminable hilera de hombres que, fila tras fila, marchaba con indolente marcialidad. Parecían sacados de un poema de Hornero, con sus bruñidos correajes y bayonetas refulgiendo al sol, formaban una homogénea masa de negros charcos y añiles pellizas.

 

Desde la copa de aquel pino dominaba la marcha del ejército francés que se dirigía hacía el puente sobre el río Jiloca. Mientras, nuestros hombres aguardaban agazapados, tras el denso pinar que la sierra de Albarracín nos proporcionaba, el momento preciso para atacar y entablar pelea con los imperiales, al igual que nuestra escasa caballería que, apostada en lo alto de un solitario cerro, anhelaba la orden que diera rienda suelta a su temible carga. Los franceses, que permanecían ajenos a la celada que se cernía sobre sus imperiales cabezas, comenzaron a cruzar el puente, sin reparar, en su altivo caminar, en la existencia de dos supuestas madrigueras de nutrias o castores situadas a ambos lados del puente que escondían en su interior pólvora suficiente como para hacer volar por los aires a nuestra señora de Notre-Dame. De súbito, un bramido ensordecedor recorrió el inminente campo de batalla, haciendo estremecerse al petulante oficial francés desde la bolsa de la peluca a la suela del zapato.

 

El acemilero había cumplido con su cometido y su cuerno nos ponía en aviso de que el tren de artillería se encontraba sobre el puente. Dos certeros disparos efectuados desde la espesura hicieron diana en las madrigueras que explosionaron con descomunal estrépito, propulsando por los aires cañones, mulas y artilleros, dejando al ejército francés dividido en dos. De la orilla más cercana quedaba la infantería y de la más lejana la caballería. Desde mi privilegiada posición, pude observar como una docena de jinetes surgían de entre la maleza, abriendo fuego con sus pistoletes de caballería contra los sorprendidos coraceros que, en un arrebato de rabia, arremetieron impetuosamente contra sus agresores. Con un ruido que pareció rasgar el viento, doscientos sables fueron desenvainados al unísono y doscientas fustas cargaron hacia la escasa docena de jinetes que se daba a la fuga. Los nuestros condujeron a los franceses hacia un claro donde se dividieron y desaparecieron. Los coraceros, al entrar en el claro, se toparon con seis bocas de ocho libras cebadas de pólvora y metralla a rebosar, enfiladas hacia la entrada del claro. El inconsciente frenazo de la vanguardia no hizo sino entorpecer a los que venían detrás que, chocando con los primeros, cayeron de sus monturas provocando un tremendo colapso que proporcionaba un blanco perfecto a los artilleros españoles. Los magníficos centauros franceses contemplaron aterrorizados como la batería de cañones, entre detonaciones y fogonazos, vomitaba sobre ellos sus mortíferas entrañas, quedando, entre una nube de humo, decenas de coraceros yertos en el sitio entre un amasijo de carne y metal. El resto fueron heridos por la metralla o por los golpes de sus enloquecidas monturas. Finalmente, los supervivientes lograron entrar en el claro, donde sólo quedaban las piezas de artillería, pues sus dotaciones habían desaparecido aprovechando el caos. Hubo un instante de silencio, pero, ante la desesperación de los franceses, aparecieron de entre la espesura cientos de paisanos que cargaron contra el invasor arma blanca en mano, haciendo desear a los nobles jinetes haber perecido junto a sus compañeros bajo el fuego y la metralla, pues los nuestros, con un odio y una furia desmedida para con "la canalla", les hicieron pasar el purgatorio en vida, colgando de un árbol  de los genitales a la más selecta tropa del imperio francés. Era digno de admiración ver como  esta gente díscola y pendenciera, más familiarizada con el caldo de Baco que con el oficio de Marte, había hecho morder el polvo a la más eficaz máquina de combate que vieron los campos de batalla del siglo XIX.

 

La maniobra había salido perfecta, los que habían ido a por lana, salían trasquilados. Pero aún quedaba en nuestra orilla el grueso del ejército francés que, una vez repuesto del shock inicial, en un alarde de táctica y disciplina militar, se organizó en dos columnas y comenzó a responder a nuestros disparos con un nutridísimo fuego de fusilería hacia ambos lados del camino. Nuestras provisiones de municiones comenzaban a escasear mientras que las armas enemigas parecían cargarse por sí solas, con lo que se resolvió realizar un asalto frontal contra las líneas francesas que se parapetaban tras los carros de bagaje que habían sobrevivido a la explosión. Así pues, caladas bayonetas y desenfundados sables, nuestros infantes se lanzaron al combate con resuelta abnegación, pero chocaron contra el ordenado muro de bayonetas que formaban las líneas francesas que no cedieron un paso, al tiempo que las filas posteriores ofendían a los nuestros con fuego de fusilería. La lucha era encarnizada, se luchaba mano a mano, fuerza a fuerza, nadie cedía un palmo de terreno, mas la superioridad numérica y la excelente preparación de los soldados franceses empezó a hacerse patente y los bisoños voluntarios españoles comenzaron a flaquear pese a la frenética arenga de los capellanes que, siempre con el “dulce et decorum est pro patria morí" de Horacio en los labios, pretendían transmitir valor a nuestras tropas.

 

La lucha se hacía insostenible, muchos de nuestros soldados abandonaban sus posiciones hasta que, finalmente, nuestro ejército rompió filas y comenzó a huir en desorganizado tropel, parecía el fin. Pero nuestra caballería, viendo la humillante escena protagonizada por nuestras huestes, se lanzó a tumba abierta desde lo alto del cerro contra el grueso del ejército francés, obligando a los imperiales a detener su persecución. Esta muestra de bravura y desprecio de la vida hizo enardecer el corazón de nuestros fatigados soldados que, avergonzados de su impropia conducta, juraron al capellán que esa noche cenarían en casa victoriosos o con Cristo en el paraíso, pero que hasta que la última gota de su sangre no se hubiese derramado no cesaría el combate y, profiriendo los más insolentes vocablos hacia los hijos de la orgullosa Francia, se lanzaron al combate con renovadas energías. Cuando estos heroicos guerreros habían asumido su glorioso final, ocurrió algo que iba a decidir el resultado de la batalla, pues, al grito de ¡Viva Femando VII!, los valientes paisanos, verdugos de los coraceros habían conseguido vadear el Jiloca y cargaban rompiendo el fuego por el flanco a los imperiales. Estos campesinos que hace unos meses no sabían cargar un fusil, ahora arremetían contra el invasor codo con codo en cerrada falange, formando una heterogénea amalgama de uniformes y vestimentas de todos los tipos y colores, cebándose sus haces de bayonetas en los cuerpos de los ahora desmoralizados soldados napoleónicos. Ante el nuevo cariz que tomaban las cosas, y viendo que el hado había favorecido generosamente a España, las tropas francesas tocaron retirada y, mostrándonos la suela de sus botas, salieron a todo correr camino atrás. El músico de nuestra caballería tocó a degüello y, haciendo honor a la macabra melodía, los sables de nuestros jinetes degollaron muy a mansalva a los franceses en su huida. La victoria era ya una realidad.

 

Finalizado el combate, yo, humilde escriba, descendí de mi puesto y me dispuse a socorrer a los heridos que cubrían el campo con sus tullidos cuerpos que reposaban sobre un número aún mayor de cadáveres cuya alma se reuniría en solemne cena esa noche con su creador. La batalla del río Jiloca contribuyó con cerca de dos mil muertos a los más de diez millones de tumbas que costaron al mundo las glorias del imperio francés.

 

Al día siguiente, cuando el Mariscal Llanes, camino del Norte, cruzó la sierra de Albarracín, halló en un claro junto al río Jiloca, colgado de un árbol por los genitales, y con el único atavío de una ridícula faja y un estúpido pañuelo atado a la cabeza, a su ayuda de campo, el Coronel Deleany, con un cartel pendiente de su barbilla cuyo contenido inundó de ira al futuro sepulturero de Zaragoza." "Los ejércitos triunfan y sucumben, pero las naciones son invencibles".