Prosa

 

 

Primer premio: "En   defensa   de   la   lengua griega"

 

 

FRANCISCO HERNANDEZ CANALES

I.B. "Vega del Jarama"

Coslada. Madrid

 

La de ayer. Que es como una  dama  inteligente  y bellas, que, tierna, joven y a medio camino encandila  mostrando  sus recursos y, en  llegando allá, o mejor dicho, acá, todavía es capaz de agradar con un guiño; que quien hubo retuvo, y añejo no es viejo. Muchas cosas, y muy hermosas, dijeron el hombre con la ayuda de esta lengua, aún  estando  a  medio  hacer, y, si bien ya le preparan papeles para la jubilación, todavía vive; yo la conocí el año pasado, y me hizo un guiño  seductor.  Os lo voy a contar:

"Yo estaba  en  de BUP, me había decidido por Letras, de esas que llaman Puras, no porque  desdeñase  las Ciencias, sino por cierta facilidad para la Gramática que  me ayudaba a disimular los cascos;  y  vino,  al  comiendo  del curso, una profe de Geografía e Historia  que,  antes  de  hablar de los Godos, quiso que  supiéramos  algo del suelo  que  pisábamos, aunque no era  el  tema  que  más  la chiflaba, según dijo, y quizás por esta razón sólo estuvo dos semanas contándonos  lo del Plegamiento Alpino, que ocurrió hace ochocientos millones de años, y  la  Depresión  del  Ebro  que  se  percibió  poco después; luego habló  del  Plioceno, quinientos  millones  de años; el Devónico,   trescientos   millones   de   años;   el Lagartijano, doscientos millones  de  años;  el Oscense, cien millones;  --yo, que  no  recuerdo el día que nacía,  aguanté mal la andanada  de  efemérides, - - -; el Paleolítico, treinta millones; - - -, diez  millones;   cinco   millones;  millones, millones, millones.-- Desconcertado por tan bastos y precisos conocimientos, quedé rezagado, y cada ves estaba más lejos de su palabra y  mis  apuntes-  Tuve  que  dejar   de  anotar  y abandonarme a mi  suerte  porque  yo  era ya un náufrago que luchaba por sobrevivir  en tan  oceánico  calendario, y, lo mismo que el  marino eleva su plegaria a la del  Carmen  para que detenga la  galerna,  así  le  dirigí  yo  una suplicante pregunta a esta  máquina del tiempo, con ánimo de aprender- y, de paso, por si pasaba a después  de  Cristo: "Oiga, perdone usted, pero estas  fechas  que  nos da usted ¿serán  exactas, verdad usted? Y se  molestó;  tal  vez  porque  pensó que me interesaba, también, el día y el mes en que cada Era comenzó, y ella, sospecho, los había olvidado. Arreció en su glosa.

Siguió por las  aguas: las  Mesetas,  que  escurren  su escasez al Atlántico y cuyas corrientes son largas  pero poco caudalosas; las de  la  cornisa  Cantábrica, que son bravas y abundantes, pero cortas;  y  las  del  Mediterráneo,  que  no sirven, aparte de la del Ebro, para una mala cascada,  porque llevan menos agua  que  una pilonga. Entonces comprendía cuan grande era la  desgracia de Iberia,  pues,  cuando  la  tiene larga,  fluye poco líquido y, cuando abundante,  corta, y por esta llega al  final  enseguida, sin dar placer  a las gentes ni rendimiento a los campos.  Y  así  esta tierra,  lugar de violentos contrastes, donde frecuentemente las  lágrimas  por la sequía son  ahogadas por las aguas de la inundación; y así como nosotros que no hallamos  el  justo  medio: o esquina o convento.

Me extravié  con  estas  divagaciones y cuando  volví  a clase la había  emprendido  con los afluentes: los que entran por la izquierda, los que entran  por  la  derecha, siempre a favor de la  corriente, se sobrentiende, ¿dónde  nacen?  ¿por dónde caminan? ¿a   dónde   va?  ¿cuántos  metros  cúbicos lleva?...; yo deliraba,  aquello   no   era  Geografía?  sino lección de policía  enseñando  a  interrogar,   y   los  ríos obstinados en no  responder,  pero  ella, más pertinaz que la sequía del Régimen, continuó la  letanía  de ríos, afluentes, riachuelos, regatos.- - , y,  lanzada como esos  corredores  de fondo que traspasan  la  meta  y  siguen  corriendo, así ella soltó lo del Canal de Isabel  II,  y  no  detuvo su enseñanza hasta que alguien le preguntó si era navegable;  en  fin, no diré más sino que hasta el Manzanares, ese chorrito infantil, hubimos de anotar.

Luego pasó   a   las  elevaciones  y  nos  describió  la disposición de las Cordilleras  y  los Macizos, su influencia en el clima, su composición, etcétera, etcétera, etcétera-  Y preparaba yo una  hoja limpia para pasar al siguiente  asunto cuando oigo "las  sierras  más  importantes  son--." y  allí apareció la de Gredos, la de Cazorla,  Despeñaperros,  de  la Demanda ¡ la sierra de la Demanda! Mil veces la  mentó  ella y otras mil lamenté  yo.  Agotadora fue la jornada por el mapa, ya que no  le  bastaron  las  cuarenta  principales  y  buscó minuciosamente cualquier cosa donde el hombre pudiese tropezar: Las Tetas  de Viana, Cuelgamuros, Siete  Picos, Montaña Rusa, y  otras  que no conocen  en el National Geografic; dudaba yo  de seguir gastando el bolígrafo,  pero, cuando citó el  Cerro  del  Gurugú, lo  encapuché y tomé la decisión: "en esta evaluación, copio". Yo, que jamás lo había hecho!

Y durante varios días acaricié la idea, "será una travesura infantil" y pensaba,   y   me agradaba ensoñar  su representación.  Sin embargo:, el fantasma del deber aparecía a  veces y me impedía gozar, y así, había dos voces sugiriéndome a cosas opuestas, pero no le di la mayor importancia porque ya me las conocía de otras veces; no obstante, en esta ocasión, la voz del deber se enfrentaba a otra tan fuerte como ella, y la lucha acababa siempre en tablas ;Estudia !, decía una ¡copia! decía la otra, y fue subiendo el tono hasta el punto de ser irreconciliables las dos posturas i Estudia ! i Copia i Estudia ! i Copia !  Y, como la disputa  tomaba mal cariz, decidí  intervenir yo personalmente antes de que pasasen a mayores, y puse orden conformando a las dos: estudiaría y copiaría.

 

Lo de estudiar estaba claro, sólo había que estudiar, pero ¿cómo copiar? Porque, siendo la primera y última vez que lo haría, no quería yo utilizar las formas tradicionales sino que debería ser algo singular. Di más vueltas que Arquímedes buscando la fórmula, y, también yo, exclamé: iEureka!, pero al punto me percaté de que la profe conocía la Historia de Grecia, lo cual me llenó de dudas. Y con ellas llegué al día del examen.                             

 

Ese día entré a clase con una hora de antelación: todos  estaban allí; todo en silencio; todos estudiaban; muchos pretendían coger al galope lo que sólo se puede aprehender al paso. Y, como de costumbre, unos compañeros, siempre abandonados por las Musas en época de crisis, me habían reservado un sitio, protegido estratégicamente por los suyos, desde donde solían engañar a los profes, y a ellos, mediante la lectura oblicua; "esta vez -les dije, elevando la voz para que me oyesen todos- no vais a forzar la vista, vais a mirar como los hombres: de frente"; y me dirigí al encerado, donde comencé a escribir las respuestas a las posibles preguntas, pero una salva de aplausos y vítores me detuvo, y, antes de seguir, hube de volverme a saludar. Acabada la noble tarea, y pensando en la vergüenza que pasaría si la profe descubría el artificio, me senté.

Al poco entró ella. Y ordenó a los examinados: "Separad las mesas; haced filas; dejad una vacía entre cada dos;  vosotros, separaos más... ; Dispuesto todo a su gusto, dio el pistoletazo de salida:

Y aquello fue digno de ver:  Igual que la oveja echa  la cara al suelo, trinca un bocado y levanta la cabeza para, mirando fijamente a un punto, relamerse, y vuelve a por otro, repitiendo la operación, así era el movimiento de aquellos felices alumnos, de tal suerte que el desacordado trajín de tantas cabezas semejaba un conjunto ovino en un jugoso prado y completaba la escena un mastín del Pirineo que, majestuosa, paseaba entre la febril actividad, con esa seguridad que da el tener todo bajo control, y rebosante, pienso, de legítimo orgullo por lo fructíferas que sus enseñanzas parecían.

Pero, como es lógico, no le pasó desapercibida la insólita gimnasia cervical, y, también ella, fijó su mirada en la pizarra; yo, que, más  bien  temblando, la vigilaba por el rabillo del ojo, me quedé sin respiración, y aún creo que el corazón se tomó un descanso; sin  embargo, como vi que no perdía la sonrisa ni se nublaba la radiante alegría que de continuo animaba su rostro deseché mis dudas y mis temores: comprendí que la profe conocía la historia de Grecia, mas no su lengua.

Y, ya más tranquilo, me dispuse a degustar el ignorado fruto, que resultó  más sabroso que mujer de enemigo: me puse a copiar".

Y podéis asegurar,

sin marrar siquiera un punto, que ni

en la Corte del Sabio

se vio más notable junto.

 

Nota.- He preferido no entrecomillar  el  vulgarismo  "profe" debido a su entendidísimo uso en el ámbito escolar.

 

Seudónimo: "Canaux"