PROSA:
Segundo
Premio: "EL VIEJO Y EL JOVEN"
Mª Angeles Tenes Ramírez
COU
Vivía deprisa. Sus ojos parecían
devorar todo lo que veían. Su mirada tenía una expresión ansiosa y a la vez
tímida, insolente y al mismo tiempo insegura que le daba un gran atractivo. La
moto, la chica y el cigarrillo colgante de los labios, en una pose mitad James
Dean, mitad "niño bien", seriecito y obediente. Había colgado el
bachillerato porque no iba con su temperamento eso de estar todo el tiempo sentado
delante de unos libros que no le enseñaban nada práctico, que pudiera utilizar
de inmediato. Porque él vivía el momento, necesitaba estar continuamente
derrochando energía. Por eso jugaba al tenis. Era un fuera de serie, pero no
por eso resultaba vanidoso: su equilibrio radicaba en que hacía lo que quería,
y se compadecía de los demás, pero no los humillaba. La juventud era su lema y
su ley.
Este,
sin embargo se hallaba en los umbrales de la senectud. Entre la multitud de
pliegues que recorrían su rostro destacaba un profundo surco que ensamblaba las
cejas y coronaba la nariz, dándole un aspecto de meditador metafísico o de
eterno enfado, según colaborasen su estado de ánimo y los demás rasgos de su
faz. En los fríos días de invierno solía arrebujarse en su abriguillo, hecho
con un capote viejo de torero; se calaba la gorra hasta que casi ocultaba por
completo el surco metafísico de su frente y se aislaba frente a un amplio
ventanal del asilo de ancianos que estaba recogido. Hablaba solo muy a menudo.
Decían de él que era un viejo huraño, pero algunos viejecillos que le conocían
bien, aseguraban que era un alma de oro, cubierta por una corteza sucia y
desgastada por los años. Le gustaba mucho leer. Cuando se sentaba frente al
ventanal acostumbraba a hojear muchos libros, algunos antiquísimos, impresos en
caracteres angulosos, de tipo gótico, rarísimos ejemplares en los que había
recuerdos de toa su vida.
El
joven pasaba todos los días por delante del edificio, y se detenía ante aquel
ventanal, y miraba fijamente durante unos minutos al interior del asilo. Sentía
algo muy raro, algo que le movía hacia ese ser que, enfermo y carcomido por los
años lo mismo que sus libros, le miraba sin verle desde el otro lado del
cristal.
Una
tarde se decidió. Un poco ruborizado, se dirigió hacia la puerta y,
tímidamente, preguntó a la enfermera por el viejecito. La mujer le condujo a
una sala abarrotada de ancianos, algunos con expresión gruñona, otros mostrando
una beatífica sonrisa. Y allí, inundado por la luz del sol de la tarde, frente
al ventanal, asilado de todo y de todos, estaba aquel hombre, que un día
¿porqué no? Habría sido como él: alocado, arrogante e impetuoso.
No
sabía cómo abordarle. ¡Era ridículo! Se sentía como un bebé frente a él. Al fin
acercó una silla y se acomodó junto al viejo.
-Buenas
tardes. -soltó el muchacho tan bajo que no arrancó al anciano de sus profundas
meditaciones. ¡Buenas tardes!
-¡Pero
bueno! ¡Ya me habéis cambiado las tallas tres veces! ¡Deberíais estar todos
colgados! ¡Si Paco levantase la cabeza…!
¡Noo, no. -respondió el chico, tratando de
tranquilizarle-. Yo no trabajo aquí. Sólo he venido a verle.
¿A
mi? - le interrumpió el viejo- ¿Para qué?
-En
realidad para nada. -El muchacho hizo
ademán de levantarse para marcharse, pero el rostro del anciano se suavizó, lo
mismo que su tono de voz.
-¡Pro
favor, quédate! Aquí me tratan como una basura, nadie viene a verme, nadie
quiere saber de mí. Sólo mis pequeños amigos - se refería a sus libros- me
consuelan.
El
muchacho sonrió y comenzó a contarle todo lo que hacía. El viejo le miraba
emocionado, recordando su ya remota juventud. Permanecieron juntos toda la
tarde, como un abuelo y su nieto, hablando de mil cosas y riendo a carcajadas.
Al final, ya de noche, la enfermera le pidió que se marchara, porque era hora
de cenar.
-¡Choca
esos cinco, hombretón! -exclamó
el viejo, con tanta fuerza, que le dio un ataque de tos, que procuró ocultar
hasta que el chico salió de la estancia. Con él se cruzó en el umbral el
doctor.
-¡Qué
hay Matías! -el doctor fingía
alegría, pero iba a decirle algo muy doloroso-
Basta,
basta de cumplido, que nos conocemos. ¿Para cuándo os dejo la plaza libre?
-Hombre, -replicó el doctor- tampoco es para ponerse así, ¡si
tu tienes cuerda para rato!
-Quiero
saber cuánto me queda.
-Dos
meses. Lo siento Matías.
El
muchacho acudió todas las tardes desde aquél día y aprendió a amar lo escrito,
aprendió que la sabiduría no está en tomar la vida como una carrera, sin
detenerse, sino que también es bueno reflexionar, y conocer todos los aspectos
del mundo en que vivimos, a través de las obras de arte escritas. El viejecito
le contó todas las historias que le ligaban a aquellos volúmenes maltratados
por el tiempo, las maravillas que decían, y el consuelo que para él suponían en
su soledad.
-Si
los hombres conociéramos la riqueza que encierra nuestra alma seríamos menos
egoístas, más comprensivos, en una palabra, más humanos.
Y,
¿cómo podemos conocernos - respondió el muchacho-, dónde se halla lo que
realmente merece la pena de nosotros mismos, cómo podemos transmitirlo a los
demás?
-Los
libros, hijo mío, son el testimonio vivo del alma de los hombres. A través de
ellos podemos conocernos y conocerles. En cada obra hay un pedazo de nosotros
mismos.
-¿Cómo
vamos a leer los jóvenes? A nuestra edad debemos vivir, sí VIVIR, y cuando lo
hayamos hecho, entonces podremos escribir para que aprendan los demás. -exclamó el muchacho-.
-¿Para
que lo lean los ya viejos, los que no pueden aplicar la esencia de los escritos
a su existencia? La verdadera sabiduría, hijo, es la que nos enseña a vivir.
Y
tarde a tarde, el joven aprendía, maduraba. Varias semanas más tarde, fue
seleccionado para participar en el Open Flushing Meadows. El anciano se
despidió de él con lágrimas en los ojos, y le besó como a un hijo. Sabía que
jamás volverían a encontrarse.
Cuando
volvió, triunfante, habiendo llegado a las semifinales, acudió al asilo. Los
semblantes tristes de los viejecitos que le conocían le descubrieron la verdad.
El viejo había muerto bendiciéndole, como el único amigo verdadero que había
tenido. Le dejó lo único que poseía: aquellos libros carcomidos, testigos de
tantos encuentros frente a la ventana. Con una expresión de emocionado respeto,
recibió en sus manos el legado de su amigo, con una pequeña nota encima.
"LEER
SIGNIFICA CONOCER EL SENTIR DE LOS HOMBRES QUE NOS PRECEDIERON. ESA ES LA
VERDADERA SABIDURÍA. LA QUE NOS ESEÑA A VIVIR."
"El
señor de los anillos"