PROSA:
Primer premio: "El
sueño de la razón"
Seudónimo: "Leda
Galán"
ELENA SANZ GALA
I.B. "Lope de Vega"
Estoy
inquieta por culpa de Clara. Hace cosas muy extrañas. Todos los días, a las
doce en encierra en su dormitorio. Como me preocupo mucho por ella, la vigilo
por el ojo de la cerradura. Creo que escribe, pero no sé el qué. No me atrevo a
preguntar nada. Lleva así más de tres meses, desde que Daniel murió. No
entiendo como ha encajado tan bien ese golpe. Yo en su lugar me hubiese vuelto loca.
No, creo que me hubiese suicidado. Algunas veces él era muy cruel. Pero tan
hermoso… Una estatua griega. Cuanto intentaba pasar desapercibido me recordaba
a un medio relieve. Al dela postal que me mandó Clara el verano que estuvo en
Grecia. Las cartas de ese verano las tengo guardadas; no recuerdo dónde. Sería
muy desagradable para Clara que se lo mencionase. Fue tan feliz… en las cartas
me lo contaba todo. Se conocieron en Ploka, ¿o en Patras? Siempre lo confundo.
No me dio detalles. Quizás debería haberlo hecho.
-Me
llamo Hades. ¿Eres tú Perséfone? - Avión. Un millón de negras esperanzas sobre
el nivel del mar. Bruma, viento, frío y desasosiego mediterráneo.
-¡Cállate!,
un salto nos separa del infierno. No voy a ser la guardiana de los Campos Elíseos;
no contigo.- El zumbido de los motores embriaga ya adormece. Suave mercurio que
se desliza entre las vértebras y vende barato un visado de locura.
-Aunque
quieras, no puedes enojarte. Nunca antes de conocerme habías sido idolatrada.
Nunca después de conocerme volverás a beber el néctar del Olimpo.
-¡Vete!
Has desgarrado mis suspiros. Suspiros de esperanzas blancas.
Eres
una mezcla infernal entre Adonis, Ares y Narciso.
Clara
fija la mirada en un punto del plano. Sería apropiado un cielo cárdeno, de
puesta de sol, melancólico y dulce. Simplemente ha comenzado a chispear. Falta
el aire y duele la garganta. El zumbido de los motores machaca una, dos, una,
dos, una, dos, como un martillos, las entrañas.
-Yo
soy tu sueño. Al tenerme has perdido la razón, la libertad y el alma.- Daniel clava sus ojos de abismo en las
turbias pupilas de una sombra de mujer.
-Me
rindo. Hágase en mí según tu palabra.-
La lluvia golpea los cristales en una apoteosis de triunfo. El zumbido
de los motores perfora el alma. Uno, dos, uno, dos, uno, dos…
Clara
sale de su dormitorio. Lleva el abrigo puesto y un sobre en la mano. Se va a la
calle. No sería correcto registrar su dormitorio. Lo hago por su bien. No
entiendo por qué no se pone más este vestido. Yo nunca hubiese colocado ese
jarrón al lado de la ventana, sobre el escritorio. Siempre se preocupa de
adornarlo con lirios. Resulta barroco en primavera, junto a las hojas de los
chopos. Alguien tendría que podar esos árboles. Las ramas ya arañan los
visillos. Folios, sobres, pluma, sellos… Intenta ocultármelo todo. Cerraré la
ventana. Y la puerta. No tardará en volver.
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Todas la mañanas Clara esperaba
con ansiedad que llegaran las doce. Vivía para ese momento. Como un ritual,
mitad sacro, mitad profano, repetía los mismos movimientos, los mismos odios,
las mismas lágrimas. Se acomodaba en la silla del escritorio, sacaba papel y
pluma; miraba los cristales. Deseaba que las hojas de los chopos del jardín
llegaran hasta su cama. Pero eso era estúpido, ningún chopo querría dormir con
ella. Aunque, tal vez, cuando muriera y la enterrasen debajo de esos chopos, su
cuerpo sirviera de alimento.
Sí,
quería ser un árbol, insensible y ajeno; ser parte una rama que entrase en su
habitación cuando ella ya no estuviese y caer, en el otoño al lado del jarrón
de lirios que nadie se preocuparía por renovar.
Al
desenfundar la pluma sentía que su sangre se mezclaba con la tinta. Dejaba de
ser azul y se convertía en un líquido espeso y marrón. Clara se hacía añicos,
que atravesando la pluma se esparcían por el papel y se quedaban ahí, para
siempre. Partes de ella misma que nunca podría recuperar porque se habían
incrustado en el folio. De esa diáspora carnal nadie sabía una palabra. Sólo
ella, él, el folio, la pluma. Quizás los chopos del jardín la habían espiado en
el verano.
Clara
se ha ido de compras. No estaría bien volver a registrar su habitación. Pero se
ha dejado la puerta abierta. Encima del escritorio hay un sobre. Está cerrado.
VA dirigida a Daniel. Escribir a un muerto… Conozco a un buen psiquiatra. Esto
no puede seguir así. No creo que abrir el sobre… Guarda siempre el abrecartas
en el primer cajón. No puede sospechar.
"No
sé si lees mis catas, tampoco me importa, Una tras otra, día tras día, llegarán
a tu casa y no podrás olvidarme. Quiero que te mueras sin espacio. Que la
angustia te traspase del estómago al cerebro, y desde ahí al corazón, si no se
lo han comido las serpientes.
Sé donde guardas nuestros
momentos en los jardines del Olimpo: en el pecho de la medusa. La humillación
es la peor de las espadas. Tú me has humillado. Me encarcelaste en tus brazos,
me arrancaste los ojos, no podía ver más allá de tu cuerpo. De esa forma me
robaste el mundo. Dejé de ser una mujer capaz de cuestionar la autoridad. Me
convertiste en una marioneta sumisa, dócil.
No me
importa que ames a otra; pero al irte sólo ha quedado en mi casa un trasgo de
mí misma."
Tengo
que destruir esta carta. La enterraré en el jardín. Clara está realmente
enferma. Tiene que haber alguna manera de ayudarla. Con el abrecartas puedo
hacer un hoyo en el suelo, entre las raíces de los chopos. Qué húmeda está la
tierra… Pero caliente. ¿Cómo puede ser tan negra? Al subir me cepillaré las
uñas. No soporto esta arena oscura entre mis dedos.
Clara
nunca lo sabrá El abrecartas tiene una hoja muy suave. Muy fresca. Qué
agradable deslizarlo por mis hombros, por el pecho, por los brazos… Me
recuerdan a las caricias de Daniel. Me hacían perder la conciencia. ¿Cómo se
puede tener conciencia de perder la conciencia? Su aroma todavía me empapa el
cerebro. Cómo me moja este líquido rojo que sale de mis muñecas. Estoy regando
los chopos. Por fin voy a caer en el otoño junto al jarrón de lirios.
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Me gustaría saber donde estoy. No
puedo moverme. Siento que algo me empuja hacia abajo. Si abro los ojos esa luz
blanca me volverá a cegar. Pero si los dejo entornados veo una silueta oscura.
Parece una estatua. Ábrelos un poquito más; es un medio relieve. ¿Qué siente
esa escultura por dentro? Es mejor cerrar los ojos. La luz ya no es blanca,
pero me ciega su presencia. Puedo notar su aliento en mi rostro. Está tan cerca…
No tengo fuerzas. No siento nada. Que diga que vuelve a mi casa. Apretaré
mucho, mucho, los labios. Para no llorar. No lloro de pena. Ya no me queda de
eso. Lloro por no poder llorar. No me ha dejado nada. Ni el dolor, ni las ganas
de vivir, ni siquiera de morir. Tengo un agujero negro en el estómago. Me
siento de alabastro, con un corazón de mármol.
Deseaba tanto su cuerpo que lo que
de verdad quería era invernar en su alma. Pero su alma no era una cueva
caliente. Estaba caliente, sí: era el Infierno. Recuerdo nuestras
conversaciones. Quizás sus palabras estaban vacías. Manoseadas por el uso y por
el abuso. A mí me sabían a manantial, a jade, a veces a hiel. Me gustaría retener esas palabras. Pero se me deslizan entre
los dedos. Y se me escapan. No quiero tener manos si no me sirven para retener
el tiempo. Ese tiempo que es el único que existe. El único que importa.
Se
va. Tal vez para siempre. Es mejor así. No debería haber visitado Grecia. Estoy
demasiado cansada para arrepentirme. Demasiado para pensar. Me siento bien. Ya
no hay luz. Ya no hay nadie. Ya estoy sola. Pero no soy yo.
EPILOGO
Estos dos meses en el sanatorio han cambiado mi vida por completo. Dicen que me he recuperado milagrosamente. Una psicosis neuro-depresiva. No sé si me he curado del todo. No creo en milagros. Un caso de estudio. Una loca que con tanta coherencia crea una historia tan incoherente: me convencí de que Daniel estaba muerto. Que yo no era yo y que me espiaba a mí misma. Realmente enfermizo. Me gusta estar aquí. Aunque de vez en cuando me siento oscura. He recibido regalos de todos mis amigos. Incluso de Daniel. Creo que vino a verme. No entiendo por qué lo hizo. Es incapaz de sentirse culpable. El todavía me duele. A veces, cuanto me peino, siento que su recuerdo se me ha enganchado en el pelo y otras, que se ríe de mí por los rincones. Es sólo un momento. Luego soy yo otra vez. No, no es verdad. Se ha quedado metido entre mis uñas. Como la tierra negra. Nunca me lo podré quitar.
No
me gusta su regalo. Tampoco puedo dejar de mirarlo. Si cierro los ojos, sigue
en mi mente. Es perverso. Y fascinante. Horrible. Una reproducción de un
aguafuerte de Goya enmarcado en plata. De verdad sabe cómo hacer daño. Hay
tantos "Caprichos"… ¿Porqué precisamente "El sueño de la razón
produce monstruos"?