PROSA:

 

Primer premio: "EL OLIVAR"

                              

                                                               Santiago Galán Perea

                                                               I.B. "Miguel Delibes"

 

 

            Hay tantas preguntas que me formulo, y las vocifero a pleno pulmón, aquí, en medio del olivar, para que, a través del silbido del viento, se pierdan en el destino más recóndito…! Y sin embargo contra este desasosiego trato de reaccionar impulsado por estas ráfagas de vivificante energía creadas por una fuerza misteriosa y que, de vez en cuando, invaden los más abatios espíritus. Mas este desasosiego, fruto de aquellos tiempos cargados de gran dolor, sobre todo ese dolor que surge cuando los malos momentos acaban de producirse, desde entonces la agonía de mis entrañas ha ido poco a poco cediendo ante las sensaciones de misticismo y reencarnación que he ido experimentando con los tiempos comprometidos primero, y con los sosegados después.

            Así la paz, una paz que surge del agotamiento psíquico, ha estado reinando en mi alma hasta que hace un instante, el autocar en que viajaba hacia otros rumbos ha tenido una avería precisamente en mitad de este olivar, después del paso del tiempo, sigue tan impávido como entonces, reacio a un mínimo cambio de aspecto.

            Yo, que desde entonces no soy el mismo, ante la visión del olivar en el que tan malos tiempos me han marcado, no he podido evitar estremecerme de parte a parte y sentir en un segundo y por un simple efecto de vista el dolor y la angustia que tantos años necesité para atenuar. Envuelto y absorto en un mundo insubordinado al paso de la vida, puedo recordar con una perfección insólita y con un masoquismo que no lo es tanto pensando que lo triste y desagradable tienen una belleza inexplorada, aquellos momentos que sellaron con fuego todo lo que alcanzaron.

            Como otros muchos, fui atrapado en mi pueblo por las hordas bélicas y obligado a combatir a su lado pese a declarar que yo era neutral. Una vez más la guadaña, oculta entre fusiles y cañones, volvía a segar estas tierras.

            Tras unas ofensivas bélicas en las que participé en primera línea del frente- días horrorosos en los que una angustia agotadora me quitó la estrategia y el valor necesarios para escapar- se me anunció que debía abandonarlo de momento para servir como centinela en una casa vieja en mitad del campo, donde los enemigos gastaban los últimos instantes de su vida antes de ser fusilados. La noticia me alivió, puesto que iba a dejar el frente, pero… cuánto de menos iba a echar mi puesto anterior desde el momento de empezar este nuevo!

            En dicha casa, una casa situada en una explanada rodeada por olivos, solamente serví en una cálida noche de verano. Cuando ésta aún podía confundirse con el crepúsculo me trajeron dos condenados a muerte, dos hombres aún en los albores de su vida a los que tuve que abrir la puerta, alojar dentro y encerrar con llave.

            Santo cielo! Que duro me pareció entonces ser celador de la muerte! Aquellos rostros en los que triunfaba el terror sobre la gallardía se me quedaron grabados para toda la vida. Tan grande era mi pesar, que me sentía ausente de la realidad y ausente también de los sueños. Era como si estuviese gravitando en un tenebroso universo en el que no podía moverme por voluntad propia.

            Una voz ronca me devolvió la noción perdida. Era un soldado que, en compañía de otro, me traía otro desdichado condenado a muerte. En el rostro del condenado reinaba un extraño pavor, extraño porque una mezcla de melancolía y de estupor copaban su tez juvenil. Según su apariencia física se hallaría en el ocaso de su mocedad.

            "Dicen que es un poeta -me comentó uno de los escoltas que, con tono amenazante añadió: si se escapara éste o uno de los que tienes ahí dentro, tú recibirías las balas por ellos".

            Una vez que ya se iban los soldados a su cercano puesto y mientras encerraba al preso, éste me dijo que no había hecho nada malo, y a tenor de su expresión infalible estaba manifestando lo que sentía. No creyó que su literatura hiciese daño a nadie, y esta ingenuidad suya le había condenado. Me cayó especialmente en gracia, y pese a ello tenía que cuidarme de que le dieran muerte dentro de no mucho tardar. Dios, que tormento! Me pregunto cómo en aquellos instantes no perecí de dolor.

 

            Al poco tiempo de encerrar al poeta oí risas y una voz extraña provenientes de la casa-prisión. Pero… cómo iban a aflorar risas en los presos sabiendo la suerte que iban a acorrer! No pude resistir la tentación de quitar el cerrojo, abrir la puerta y asomar la cabeza al austero habitáculo en donde hallé al poeta gesticulando de pie como si estuviera imitando a alguien, y a los otros dos sentados en el suelo viendo, boquiabiertos y divertidos, su actuación.

            "Pasa -dijo el poeta dirigiéndose a mi-. Pasa y juega con nosotros. Es muy entretenido".

            ¿Estaba acaso soñando? ¿No formaría parte de la imaginación en vez de la realidad? Los otros dos también me invitaban a que me quedase. "sabemos que nos van a fusilar -dijo el poeta- pero aún estamos con vida, llenos de vida, y así será como muramos". Al poeta le brillaban los ojos. Tenía los rasgos de su faz encendidos, quizá por la lucha interior entre el pánico y la cándida alegría de vivir, con aparente triunfo final de esta última. Y lo mismo les sucedía a los otros presos.

           

            Así pues, en aquella atmósfera distendida y extraña a la vez, el poeta siguió imitando con su arte admirablemente grotesco a no sé qué político, y, cuando hubo terminado su actuación, tras los aplausos de los condenados y mi admiración secreta, se asomó a una ventana con entramado de piedra y miró no sé a dónde. Después se volvió hacia sus compañeros de suerte y les instó a que mirasen con él. "Mirad aquella estrella temblona. Seguro que ya habéis visto alguna antes, pero, ¿sabéis por qué tiembla? Ellos denegaron. "Tiembla -continuó el poeta- porque hay una fuerza natural oculta que la predispone para ello. Muchas noches me he tumbado a pocos metros de aquí, ahí en medio del olivar, para mirar qué había realmente allá arriba, en el cielo. Y he visto estrellas temblando, astros que se desplazaban, un extraño fulgor en aquel manto infinito… Sin duda alguna allí debe haber vida, una vida intensa, apasionante, de la que no podemos participar desde aquí porque no podemos tener a la vez dos existencias. Estad convencidos de que, una vez que muramos, nos convertiremos en astros maravillosos y pulularemos por las entrañas del cielo con vida propia, sufriendo, disfrutando y… porqué no!… amando…"

            Los dos le escuchaban con singular entusiasmo. "Cuéntanos más cosas sobre el Universo" -le rogaban con admirable devoción.

            Ciertamente a mí eso que dijo de la vida existente en el Universo me dejó realmente perplejo y a la vez tan prendado, que todavía hoy, pese a lo que la técnica ha revelado a cerca del espacio, no puedo evitar mirar por las noches al cielo e imaginarme a mí mismo siendo una estrella encuadrada en un mundo olímpico.

            El poeta, en lugar de contar más cosas sobre los misterios de las alturas, ideó otro juego, que creo recordar era de los satíricos, para pasar los últimos momentos de forma divertida. Volvieron a invitarme a participar, y yo, venciendo a mis deseos -que no a la hipnosis- volví a encerrarlos, y lo hice con toda la aflicción de mis lágrimas.

            Ese hombre que había sido capaz de infundir chispa vital en dos organismos castigados por la angustia y el fin próximo, iba a  morir. Él, que tantos corazones habría conquistado ya con su personalidad tan seductora! No, alguien así no merecía tal suerte. Yo tenía que salvarle, a él y a los otros! Pero, ¿cómo…? Había tanta gente alrededor. Sólo había una posibilidad de escapar, descartado el truco de dejarme burlar por mis presos: hacerlo por la puerta que yo estaba vigilando, huir los cuatro corriendo con la ventaja que supondría el factor sorpresa. Mas, ¿lograría armarme de valor?

            Lleno de angustia, eché hacia atrás la cabeza, y mi errante mirada tropezó con el anónimo cuadro tenebrista de las alturas. Allí, en lo alto, existía la vida, tenía que haber relación entre los puntos luminosos. Me maravilló tanto aquella identificación con el universo y con la hipótesis del poeta que, pareciéndome la vida terrenal en esos momentos tan insignificante, sin más vacilaciones les abrí la puerta a mis presos y los liberé.

            Sin tiempo para reaccionar por parte de ellos salimos rudos de ese lugar sin reparar en si teníamos o no perseguidores. Mientras corría, sentí una fuerza motriz en mi alma que me hizo surcar los espacios sin necesidad de usar los pies.

            Tras una infinidad de tiempo en veloz carrera, nos tumbamos, derrengados, en los frescos pedazos de un campo de viñedo. Aparentemente éramos libres… ¡libres! Los tres condenados me abrazaron, y el poeta, al que le centelleaban los ojos, dijo: "Contemplad la hermosura de esta noche en la que tenemos la hierba verde, el olivar verde, la esperanza verde, el universo verde… Mirad allá arriba y decidme si no veis un resplandor verde rodeando a la luna y a las estrellas. Y mirad en la montaña, en esa montaña que se confunde con el cielo. ¿No veis acaso el hilo verde que bordea su enhiesta cumbre? Hoy este color ha invadido la esencia de la noche.

            No sé quien me dijo en otro tiempo que esta parte del mundo y sólo en esta parte, por las noches un color verdoso suele apoderarse de la naturaleza. Y no fue hasta ese día cuando reparé en ello, ese día en que, cuando la madrugada ofrecía todo su esplendor, el color verde imperaba sobre todas las cosas.

            Los toros dos prófugos, extasiados, cantaron coplas a Dios ya la madre que los había parido, y el poeta les acompañó con estrofas improvisadas. Yo canté con ellos, y la fiesta duró hasta…

            ¡No, maldita sea, no hubo tal fiesta! Yo no liberé a aquellos condenados a muerte. No, no lo hice, no tuve valor. Dios no me hizo valiente en ese momento, ni en ése ni en ninguno. Mientras contaba esta penosa historia mi corazón no pudo más y varió, de forma idealizante, el curso de los acontecimientos. Mi vista en aquellos momentos no tropezó con el cielo, no lo hizo porque me llevé las manos al rostro y no las separé de él hasta que llegó el pelotón de fusilamiento a la vieja casa. Quizá si entonces hubiese mirado a lo más alto habría sucedido todo lo que he estado imaginando.  Siempre quedará, pues, esa pregunta sin respuesta, ésa y otras mil que me formulo desconsoladamente, como por ejemplo porqué llegó una vez más la guerra a este su lugar favorito…

            He aprendido a asumir mi situación como algo accidental de lo que no soy responsable. ¡Yo no tengo la culpa de ser cobarde! ¡Yo intenté con toda mi alma ser valiente! ¿Se me puede acaso pedir más?

            No estoy triste, pues de ser lo que soy, sino de lo que pasó sin que yo pudiera hacer nada: de que el color caqui oscurece el claro verdor de los campos, de que un endemoniado fusil acabase con la vida de aquel poeta y gran hombre que, aquí, en el olivar, sigue existiendo porque un día espació su espíritu mágico.

 

                                               El duende del valle.