Noelia
Tineo Ortega
I.E.S.
“Gustavo Adolfo Béquer”
Algete.
Madrid
DOÑA
FELISA
En la planta baja de un edificio del casco antiguo de la
ciudad, malvive la señora Felisa.
El edificio era, en su tiempo, un edificio de los mejores de la ciudad. Pero hoy no lo es. El tiempo no ha pasado en balde y los desconchones de
las paredes, el tono pardo de la pintura y las
goteras en el tejado han ido aumentando. Una vez se volvió a pintar todo el
edificio de blanco, pero algunos inquilinos se
negaron a pagar, así que hoy tan sólo un par de
familias pintan su parte de la fachada. El conjunto resulta casi cómico:
ventanas desvencijadas, una fachada pintada a retales y un piso en la planta de arriba con aire acondicionado.
La
vivienda de la señora Felisa es de las más pobres del edificio. Ella y su mando
pagaron la primera mano
de pintura ¡unto con otros vecinos, pero ella no ha
podido volver a permitírselo. Ni siquiera tiene un
triste geranio en la ventana que da a la calle.
Mamá
dice que la señora Felisa se va a morir de tristeza. Cree que tendría que poner
alguna planta en la casa, o recoger un gato, porque se va a ahogar entre las
cuatro paredes de su piso. Y eso si no se caen antes.
Nosotros
tampoco tenemos nada del otro mundo, pero mamá tiene geranios y clavellinas que
ocupan todo el rellano. Por eso no puedo Jugar ahí
y me bajo al rellano de la señora Felisa.
Sólo
vive ella en ese rellano. Yo nunca he visto salir a nadie de la otra puerta, y la manilla está siempre llena de polvo, incluso
con telarañas. Hay una placa en esa puerta, pero yo
todavía no leo muy bien.
La
puerta de la señora Felisa sí que está limpia. No nueva, pero sí limpia. En el
rellano hay sólo dos tiestos, y por eso puedo jugar
allí. La verdad es que esas macetas están
llenas de tierra seca. Antes había unos arbolillos, secos también, pero he arrancado las ramas para jugar a las comiditas. La señora Felisa no lo sabe, porque nunca
sale de su casa y no lo ha podido ver.
Yo, en
cambio, he estado en su casa alguna vez, y muchas veces la he visto por dentro
desde fuera, mientras jugaba.
Casi
todas las tardes bajo a jugar a su rellano, porque mamá recoge la casa y dice
que la estorbo. Así que cojo unas muñecas y bajo allí. Casi nunca veo a la señora
Felisa por la tarde, aunque alguna vez la he visto, pero cuando la suelo ver es
los sábados por la mañana.
Yo juego
a las muñecas y un chico alto, moreno, con coleta de chica, llega con una bolsa
y llama a la puerta de la señora Felisa. Ella tarda mucho en abrir la puerta porque casi no puede
andar, pero el chico siempre espera hasta que sale. A ese chico le conozco del
sitio donde vive el abuelo, una residencia para ancianitos
con la que coopera el ayuntamiento, y muchas veces
van a casa de la señora Felisa para llevarle unas botellas de leche, medio kilo de fruta y pan.
Mamá
dice que la señora Felisa se va a morir de hambre. Cree que la puede ayudar
llevándole comida. A lo mejor un día le baja croquetas, otro una tortilla de
patata... Pero no me deja ¡r con ella.
La
señora Felisa también era en su tiempo, al igual que el edificio, una de las
mejores señoras de la ciudad. Pero ya no lo es.
Ahora,
malvive en las ruinas de su casa, comiendo de lo que le da la gente, las más
veces por lástima que por cariño.
Mamá le
lleva comida porque la señora Felisa era amiga de la abuela Paula, que murió
antes de que yo naciera.
Hay otra
vecina que también la ayuda, pero no de la misma manera. Esta vecina va al
mercado y le pide a las tenderas lo que le puedan dar "para el perro"
o "las gallinas". En la carnicería a lo mejor le dan unos despojos,
en la verdulería unas hojas de lechuga picoteadas, en la panadería una barra de
pan duro...
Al
principio esto lo hacía la propia señora Felisa, cuando estaba bien de salud.
Iba al mercado, compraba cuatro cosuchas malas y las dejaba a deber. De vez en
cuando saldaba una cuenta, pero tan de vez en cuando que llegó el día en el que
se dio cuenta de que no iba a poder pagarlo nunca. Entonces empezó a pedirte y,
a menudo, la señora de la verdulería le regalaba incluso unas buenas lechugas o
un buen repollo. Pero también llegó el día en el que la señora Felisa se dio
cuenta de que necesitaba reposar, y pidió a una vecina que pasara de vez en
cuando por el mercado a por su comida. Y esa vecina es esta que pide despojos
para "el perro" y pan para "las gallinas".
Las
tenderas saben que la señora Felisa está muy mayor y que ya casi no puede
andar. También saben que la vecina no tiene perro, y que por aquí se cuidaban
gallinas hace mucho tiempo. Ahora ya no.
Esa
señora siente vergüenza ajena. ¿Por qué? Un día ella también será vieja y no
podrá caminar.
Mamá
habla mucho con la vecina y nunca habla de la señora Felisa.
Todos saben que está ahí. pero hacen como si
no estuviera. La vecina, mamá, el chico de la residencia, todos le llevan
comida, pero nadie le da cariño.
Y mamá
repite que la señora Felisa se va a morir de tristeza, y que debería recoger un
gato.
Yo no
creo que la señora Felisa esté tan triste. Es una viejecita, a lo mejor está triste
por ser tan mayor, pero yo la recuerdo con una media sonrisa en los labios.
El día
que más cerca vi a la señora Felisa fue hace unos meses, bastantes, un día en
el que se me cayó un juguete y dio a parar en su puerta. La señora Felisa pensó
que habían llamado y salió a abrir.
La
señora Felisa es una señora pequeñita, con la espalda algo encorvada, y viste
de luto riguroso. No lleva ni una cinta de color en el pelo. Porque la señora
Felisa lleva el pelo largo, en una coleta que al final no es más que un
mechoncillo de pelo canoso. No tiene quien le arregle el pelo o quien se lo
recoja en un moño.
La cara, arrugada y de color arena, es el
reflejo del paso de los años. Tiene toda la cara moteada de manchas oscuras, y
las manos también. Los ojillos, negros, están algo hundidos en sus cuencas.
Pero, para ser una señora tan mayor y tan estropeada, sigue teniendo todos los
dientes.
Mamá
dice que comió muy bien toda su vida. Pues aquel día salió la señora Felisa y
yo estaba recogiendo mi muñeco.
Ella sonrió
y me dijo, en un hilillo de voz: - ¿Quieres una almendra dulce?
Su voz
apenas se oía. Creo que la oí porque los niños tenemos el oído muy fino, pero
hablaba demasiado bajo. Tal vez era el aliento que dicen que las
personas pierden cada año que pasa. La señora Felisa ha vivido tantos años que
ya le queda muy poco. Me da miedo preguntarle a mamá lo que le pasará a la
señora Felisa cuando se le acabe el aliento...
Aquel
día pasé a su casa y me sentó en una silla con un cojín hecho de croché. Como
los que la abuela Paula le dejó a mamá para la cuna en la que dormía de
pequeña.
El salón
era exactamente igual que el nuestro, pero parecía mucho más pequeño. No sabía
por qué lo parecía, pero me fijé en las paredes oscuras y en los montones de
lana que había por los rincones, por las mesitas, por el sofá... A lo mejor era
eso.
La
señora Felisa volvió de la cocina, al otro lado de unas cortinas de macramé, y
trajo una bolsita con unas almendras dulces, como los piñones blancos de
Navidad, pero almendras, más grandes y de muchos colores. Cogí una rosa y la
señora Felisa dejó las demás encima de la mesa. No decía nada. Yo miraba a mi
alrededor.
Toda esa
lana era el trabajo de la señora Felisa. Mamá hablaba con su hermana, la tía,
del trabajo de la señora Felisa. Ella tejía colchas y jerseys de lana y los
vendía a los tenderos del rastro. Antes hacía bordados, ganchillo, punto de
cruz... Pero se había quedado casi ciega. No podía pagar el recibo de la luz y
tejía casi a oscuras. Ahora sólo hacía punto sencillo, y no podía hacer
chaquetas con dibujos porque no veía por dónde iba la labor y ni siquiera tenía
dinero para comprar los botones. Y los jerseys eran bastante más baratos que
las chaquetas, así que ganaba menos y comía peor.
La señora Felisa se había quedado viuda hacía unos años, y vivía sola.
Sin ninguna pensión, la señora Felisa no sabía de dónde sacar el dinero. Ella
sólo sabía hacer punto, así que fue la única salida que encontró. Él se había
gastado todo lo que tenían, y era bastante, pues habían sido una familia de
dinero, con un piso bien amueblado, nuevo, en la zona céntrica, pero el
derroche hizo que no pudieran buscar otro mejor cuando este se quedó viejo.
Mamá no me cuenta a mí estas cosas. A mí sólo me habla de si la señora
Felisa necesita un geranio o un gato. A la tía le cuenta muchas cosas y, como
cree que los niños no escuchamos, habla muy alto. Claro que los niños no
escuchamos, pero los mayores hablan tan alto que nos obligan a escuchar. Pues
aquel día, en la casa de la señora Felisa, vi todas esas lanas de
colores pardos que usaba para confeccionar jerseys y colchas.
Tenía algunos jerseys doblados encima de unas sillas, pero ninguna
colcha. Creo que la pobre mujer veía tan poco que sólo se guiaba cogiendo una
madeja y haciendo con ella un jersey, para no confundirse de color y hacerlo
mal. Y una colcha de un único color no quedaría bonita.
Yo
chupaba el azúcar de la almendra, que estaba muy dura, y seguía mirando.
Encima de la televisión, la señora Felisa
tenía unas fotos. En una de ellas, salían una señora y un señor, vestidos de
novios. No sé por qué vi en esa chica a la señora Felisa, tal vez por los
ojillos negros y vivos, un poco hundidos, aunque no tanto como ahora.
Es
verdad que la señora Felisa era guapa de joven, rubia, con el pelo largo. Y
llevaba un vestido muy bonito el día de su boda, muy muy blanco, que destacaba
más aún en una foto como esa, en blanco y negro.
Y ese
señor tenía que ser su marido. Era mayor que ella, y llevaba un traje negro
lleno de galones y estrellas. Mamá también le contó a la tía que el señor
Antonio era militar.
La
almendra que me estaba comiendo no estaba muy buena. Se acabó el azúcar y lo de
dentro estaba un poco rancio. No sé cuánto tiempo llevarían esas almendras
guardadas en la cocina de la señora Felisa.
Me llamó
mucho la atención la otra foto. Salía una chica joven, algo más que la señora
Felisa el día de su boda. Se parecía mucho: también tenía el pelo rubio,
recogido en una coleta, los ojillos vivarachos... Pero no era ella. Hice
memoria, pero no sabía quién era.
Se
estaba haciendo tarde. El salón de la casa estaba cada vez más oscuro, pero
seguía entrando luz por la ventana. En el rellano seguro que había mucha luz
aún; mamá no vendría todavía a buscarme y podría quedarme en la casa de la
señora Felisa un rato más.
Después
de esforzarme un poco más, pude recordar una conversación.
- Esa pobre mujer es muy buena. Su marido no. Su marido quería que su
casa fuera un cuartel, y las cosas no son así.
- No, pero tampoco lo que hizo la chica estuvo bien, no me vayas a
decir... - la
chica era la de la foto.
- No, pero que su propio padre la echara a patadas de la casa por
quedarse embarazada... ¡Si el chico estaba dispuesto a casarse!
Yo no
entiendo muy bien qué es eso de "quedarse embarazada". Sólo sé que
dijeron de la hija de la tía, la que está casada, que estaba embarazada; un
tiempo después, tuvo un niño (se llama Martín). Y he visto que la gente que se
casa tiene hijos, como mamá y papá, como la tía y el tío, como la señora Felisa
y el señor militar...
Y su hija, que no sé si se casó.
Mamá le contó a la tía que montaron una
"escena" (aunque yo no sé lo que es eso). Y la "escena" fue
que la hija, la llamaban Menchu, salió de la planta baja llorando, con una
bolsa llena de ropa. Mamá le decía a la tía que la señora Felisa, todavía sería
joven y guapa, quería darle a Menchu un beso, porque no sabía si la volvería a
ver, pero el señor militar, el señor Antonio, le dijo que esa chica no
era su hija. ¡Pero si se habían casado! ¡Claro que era su hija!
A veces no entiendo a los mayores. El señor
Antonio era su padre y ella no era su hija. Ahora no sé qué hará la señora
Felisa. Desde aquel día, sólo la he visto cuando ha salido a recoger lo que le
llevaban el chico de la residencia, mamá o la vecina, o cuando ha salido a
vender a los tenderos los jerseys de lana que hace, que cada vez son menos.
Aquel
día que entré en su casa ya estaban secas las plantas del rellano, y ya se
había desconchado toda la pared de la planta baja.
Hoy es
sábado. Mamá está recogiendo la casa porque vienen los tíos a comer y papá
sigue durmiendo, está muy cansado de trabajar.
A lo mejor viene hoy el chico de la
residencia. Yo he bajado unas muñecas y unos platos. Los voy a llenar con
tierra para que las muñecas tomen puré.
Oigo
pasos por la escalera, será el chico de la residencia con su bolsa de comida.
Pero no.
son una señora, un niño y una niña que la mujer lleva en brazos. A lo mejor van
a ver la casa de al lado, la que está vacía. A lo mejor se quedan a vivir y
tengo alguien con quien jugar en el edificio.
La
señora tiene el pelo rizado y lleva un vestido azul marino, muy serio. El niño
es mayor que yo, y la niña es poco más que un bebé. Se paran en el rellano y la
niña me mira, pero yo sigo jugando. La señora peina con la mano al niño y llama
a la puerta de la señora Felisa. Espero que ella salga pronto, porque esta
gente que no la conoce seguramente no sabe que anda muy despacito.
Cuando
la puerta se abre, la señora Felisa se asoma tosiendo. Tiene el pelo enredado y
lleva echada por encima la colcha del sofá. Por debajo de la colcha se ven sus
piernas, viejas, cansadas, con mala circulación. Sigue tosiendo y dentro de la
casa se ve que hace días que no barren.
La
señora Felisa está muy enferma. La otra señora, la del pelo rizado, se queda sorprendida.
-
Perdone, me he equivocado de bloque.
Ahora,
igual que ha venido, la señora del pelo rizado se da la vuelta.
La
señora Felisa cierra la puerta, y se la sigue oyendo toser dentro hasta
que se sienta en el sofá o en una silla.
El niño mira a su madre con cara triste.
-
Mamá, a mí no me importa que la abuela sea vieja y vaya sucia.
-
Esa no es tu abuela -
le miente Menchu. A veces no entiendo a los mayores. Un día ella también será
vieja y no podrá caminar.