PROSA:

Accésit: "Cuentos Urbanos, I"

 

 

Cesar González Cantón

Instituto Tajamar

 

CUENTOS  URBANOS

 Mirando un plano del Metro  el  otro día, el  dibujo me sal  a la cara. Literalmente. Desplegué  el plano  entre mis manos sin  sospechar nada y, cuando  mas detenidamente  estaba mirándolo ¡zas! me encontré la metropolitana red trepando por mi mejilla derecha.

Al principio no podía creerlo: jamás me había pasado nada extraordinario y, desde luego, no quería  comenzar así. Pero una mirada a mi reflejo  en una de las ventanillas del vagón en que viajaba y me cercioró del hecho por encima de toda duda; un polimorfo ser multicolor de múltiples tentáculos se  enmarañaba al rededor de mi cabeza. En el  suelo quedaba el plano, con un espacio en blanco dónde antes había estado el dibujo.

No perdí la calma. Como si nada hubiera ocurrido, me subí el cuello del chaquetón para  que al menos la mitad de mi cabeza quedará  o culta a las insidiosas miradas de los demás viajeros. Eché una furtiva mirada a mi alrededor. Nadie se había dado cuenta. Me dirigí entonces  de vuelta a casa sin tardanza y, una vez  allí, descubrí a mi madre el perturbador secreto.

Sus ojos, tan abiertos como los de la merluza del congelador, el amaron que tampoco ella daba crédito a  mi nuevo estado, mi rostro  todo surcado de lo que parecía la  labor de una fantástica araña. Pero la evidencia  era demasiado real, demasiado terrible.

Intentó arrancármelo por  todos los medios. Tras horas de infructuosos intentos para liberárme de la inverosímil carga, ambos guardamos un profundo silencio, solamente interrumpido por el concurso de TV  que se escuchaba, vano, en casa de la vecina  de al lado. No nos atrevíamos  a mirarnos: sabíamos que "aquello formaba ya de algún modo y no sé porqué extraños vericuetos, parte de mí.

 

Cuando llegó mi padre del trabajo, los tres nos acomodamos en la   salita de estar y proceda a contarle brevemente, con voz sosegada, lo que me había acontecido, A medida que la historia avanzaba, mi progenitor rodeaba con protector brazo a la madre de sus hijos, deshecha en lágrimas y  desolada tras velo   de un   pañuelo blanco. No puedo transcribir aquí las íntimas conferencias  que mantuvimos aquella noche, al calor de la hogareña estufa que me había visto crecer. Sólo relatar que me esforcé por hacerles ver el lado positivo, como aprovechar la posibilidad de prestarme a labores de investigación en algún prestigioso laboratorio científico. Pero por increíble que pueda parecer, esto no consiguió mitigar su preocupación. Al fin, nos acostamos de madrugada, y, a pesar de todo, aquella noche dormí a pierna suelta. Pasé un par de días de completo aislamiento en mi hogar. La visita del médico corroboró nuestras sospechas: mi situación era irreversible. Curiosamente no me preocupaba demasiado. Mi madre me tejió un hermoso pasamontañas negro y amarillo, con el que pude continuar yendo a clase sin mayores percances que las ocasiona les bromas de mis compañeros hacía mi peculiar vestimenta. Sólo dos o tres de los más allegados fueron introducidos en el secreto.

Hasta la fecha, todos, mis esfuerzos se han limitado a intentar mantener erguida la cabeza. No es nada fácil soportar el peso de kilómetros y kilómetros de túneles mal iluminados, de tendido férreo y de vagones precipitados en oscuros abismos a velocidades del ir antes mientras chirrían sus ruedas de acero como un  millón de  demonios aduladores.  ¡Y la gente! Muchedumbres ingentes entrando y saliendo en continuo ajetreo: macarras, empleados de la limpieza, ejecutivos, gordas señoras acarreando montañas de bolsas de la compra, nos "bien"...  en definitiva, un sinfín de personajes, cada uno de ellos con la cabeza atestada de problemas que llaman continuamente a mi mente y a los que no puedo hacer caso omiso.

Pero lo peor  llega los fines de semana, cuando se produce ese continuo fluir de adolescentes hasta altas horas de la madrugada gritando, silbando, correteando de aquí para allá mientras se regalan con pródigas raciones de alcohol. Entonces mi cabeza tiende a descomponerse hacia el lado izquierdo y fuertes dolores me aquejan durante esos días; y esto, sin mencionar el tufo a usado que dejan en el ambiente y los destrozos ocasionados en todas las líneas.

 

A  pesar de todas estas molestias, me siento compensado con creces. En poco tiempo, he aprendido a dar a este suceso un nuevo y positivo sentido, a dotarlo de un valor que trasciende el juicio superficial de un espectador poco experimentado. En efecto, me siento satisfecho con mi nueva existencia porque siento que algo me ha sido aportado. Una honda relación ha nacido entre "ello" y yo,  he asistido a la completa integración  entre un organismo repleto de exuberante energía vital y un ser artificial, disecado según las pautas más fríamente lógicas del entendimiento humano, Es algo así como la anhelada simbiosis entre naturaleza y tecnología, ya sobada en los albores de la ciencia y que intuyo dará comienzo a una nueva era de progreso humano en la que hombre y  máquina caminarán juntos hacia la sociedad perfecta.

Porque, realmente nos necesitamos. Yo le doy un soporte afectivo necesario y "ello" me corresponde con multitud de vivencias  nuevas, con la  apertura de horizontes existenciales y limitados que jamás hubiera sido  capaz de imaginar. Gracias a "ello", participo en la vida de todas y cada una de las personas que viajan en sus vagones, conociendo sin necesidad de esforzarme sus alegrías, sus preocupaciones, sus ilusiones y ¡sus vidas!, y aportándoles mis conocimientos en calidad de anónimo  consejero y amigo al que la  inmensa mayoría nunca llegará a conocer.  , y lo sé a ciencia cierta, que es éste el  camino para mi realización personal; me  he vuelto, al fin, útil a la sociedad; he marcado un hito. Y todo esto sin tener que moverme del sofá. y sin dejar de ver la TV.

 

Herminio