Ignacio
Delgado Rodríguez
I.E.S.
Blas de Otero
Madrid
BAÑERA
La luz que se filtra entre las rendijas de
la persiana atraviesa
tus párpados y hace que lo veas todo de un agobiante color carmesí. Todavía con
un píe en el mundo real y el otro en el mundo de Morfeo,
te agitas en la cama intentando huir del omnipresente
rojo. Poco a poco vas percatándote de que ya es de
día v vas entrando en ese estado viscoso de los
umbrales de la vigilia. Aún confundidos con las postrimerías del sueno, los
hechos del día anterior aparecen rápidamente:
sientes un deseo salvaje de que también pertenezcan
al lado onírico, de que se queden al otro lado de la puerta, pero cuando entras
en la realidad del tacto de las sábanas bajo tu cuerpo, del calor del sol en la
piel, del ruido de la gente afanándose abajo en la calle, del olor metálico en el aire, del dolor de las heridas de las mejillas, se te contrae el estómago en un
escalofrío. Las últimas horas del día de ayer se perfilan claras y reales
contra el decorado de fantasías del subconsciente. Aprietas la almohada contra tu cara y lanzas un gemido de
desesperación. ¿De verdad tienes que vivir el día de hoy? El día de ayer ya es inmutable, nada se puede hacer al respecto, pero el de
hoy podría desaparecer, esfumarse... Piensas en
dormir hasta que el sol vuelva a salir, un suicidio de un día. Aunque imposible de realizar, es, al menos, una idea tentadora.
Pero tampoco te satisface. Mañana te encontrarías con lo mismo que hoy: la casa
destrozada, los muebles volcados, la ropa llena de sangre...
Apartas la almohada de la cara y abres los ojos, parpadeando repetidas
veces. La claridad te molesta mientras tus pupilas se esfuerzan en dilatarse.
Te incorporas sin tener . aún mucho control psicomotriz y te quedas sentada
en la cama. Un ligero mareo hace que pierdas momentáneamente el equilibrio, y apoyas las
manos en la cama hasta que la sensa-ción de borrachera desaparece. Cuando te
repones, te restriegas los párpados intentando
quitar el pegajoso líquido que los une, y pasas la vista por la habitación
intentando enfocar algún objeto. La respiración lenta, aletargada aún, se
acelera cuando ves el montón de ropa en la esquina. Las manchas de color rojo
oscuro, casi marrón ya, salpican incluso al sujetador, como
macabros lunares sobre la tela blanca. «La sangre debió
atravesar la camiseta», piensas con la mente apelmazada aún. Te miras por si
algún resto no se fue con el rápido lavado de ayer, pero no parece haber nada
que resalte sobre tus pálidos antebrazos más que las
venas azules que se transparentan en tus muñecas. Te cuesta mantener la vista enfocada debido al
sopor que sigue enturbiando tu cabeza. Permaneces
sentada en la cama un tiempo indefinido, sin nada que te anime a moverte, con
la apatía más cruenta que jamás hayas sentido fluyendo dentro de tí.
Al final, sacando fuerzas de
flaqueza, realizas un último esfuerzo y te levantas de la cama. El frío del suelo te sube desde
los pies hasta la nuca. Te agachas y buscas bajo la cama tus zapatillas,
ayudándote más del tacto que de la vista. Tras encontrarlas y calzártelas como
puedes, te incorporas y en un acto reflejo bajas el borde de la vieja camiseta que llevas puesta, aunque sabes que ya no hay
nadie que vaya a verte cuando salgas de la
habitación. Sin dominar todavía muy bien tus
movimientos pasas Junto al montón de ropa y
atraviesas la puerta tambaleándote, casi rozando el marco derecho. La penumbra del pasillo no
te permite ver nada, y tocas con la punta de los dedos ambas paredes para guiarte hasta el cuarto de baño. Las rugosidades del gotelé se deslizan bajo tus yemas hasta que por
fin aparece el vano de la puerta del servicio.
Enciendes la luz y avanzas hacia el lavabo. El
suelo está pintado de un rojo seco a grandes brochazos de fregona. Tendrás que
limpiar todo más eficientemente. Te apoyas en el
lavabo y te miras en el espejo mientras abres el grifo del agua fría al máximo. El sonido del chorro
estrellándose contra la pila de porcelana se te introduce
en el tuétano. Tienes un aspecto horrible. A las heridas y magulladuras de las
mejillas y cuello se unen los ojos hinchados. Anoche lloraste demasiado. A la
izquierda ves las cortinas de plástico de la bañera con la misma decoración que
el suelo recordándote lo que hay dentro. Apartas la vista rápidamente. Mil
pensamientos se deslizan vertiginosamente por tu todavía resbaladiza
conciencia. ¿Cómo es posible que haya ocurrido esto? Pones las manos bajo el
fuerte chorro de agua y dejas que te salpique la camiseta. Todo empezó muy
bien. El agua fría en la cara te alivia la pesada sensación de recién
levantada, y te enjuaga los ojos. El era ideal: independiente, simpático, con
sus ojazos y su pelo negro. Tan negro. Y tú te sentías tan sola, tan falta de
carino. Necesitabas acariciar a alguien, sentir su calor bajo tus manos. Buscas
la toalla sin mirar, y te das cuenta de que ayer la utilizaste para limpiarte y
estará por ahí empapada. Abres el armario y coges la primera que encuentras.
Recuerdas los buenos momentos que pasasteis juntos, comiendo, paseando,
Jugando, viendo la televisión el uno acurrucado en el regazo del otro. La tela,
aunque suave, re hace daño cuando pasa por encima de tus heridas. Te encantaba
la manera en que se movía, cómo te miraba. No te molestas en colgar la toalla,
dejándola encima del lavabo. Ya lo arreglarás todo después. Ahora puedes
apreciar el reguero que tinta todo el suelo del pasillo hasta la cocina, a
pesar de los intentos obviamente infructuosos que hiciste ayer para ocultarlo.
Apagas la luz
del cuarto de baño y caminas encima de la lúgubre alfombra para llegar a la
cocina. Sí, los primeros meses fueron maravillosos. Parece increíble que haya
pasado lo que ha pasado. Entras y contemplas el escenario de los tristes
sucesos de ayer por la noche. Todo está revuelto, vasos rotos, la mesa movida.
El cuchillo de cocina está recubierto de lo que de lejos alguien podría
confundir con óxido. Tú sabes muy bien que no es óxido. Por primera vez
empiezas a tener miedo. Con las neblinas del sueño que se desvanecen, comienzas
a sentir cómo te laten las sienes. La cafetera está llena, pero sabes que lo
último que puedes hacer ahora es ponerte nerviosa. Abres el armario y buscas la
caja de las infusiones. Él tampoco era perfecto. En realidad, teníais problemas
de compatibilidad. Cuando a tí más te apetecía tocarle, besarle, más arisco
estaba él y escapaba a tus atenciones, ocupándose en cualquier tontería antes
que haciéndote caso. Buscas en la caja y parece que lo único que hay es menta-poleo.
Por fin encuentras una tila. Sólo cuando tú más cansada estabas, con una
terrible jaqueca, era cuando él venía a acariciarte las piernas y pasar su
boquita por tus manos. Y a pesar de que le dijeras que no, volvía incansable
una y otra vez, sentándose en tus rodillas. Como no encuentras las cerillas,
enciendes la placa de la cocina para calentar el agua. Piensas que si hubieras
comprado el microondas ahora todo sería más cómodo. Pero no pudiste porque él
enfermó y no paraste hasta que le vieron los mejores especialistas, no
reparando en gastos de ningún tipo. Y cuando él se recuperó, no sólo no te dio
las gracias, sino que te ignoraba cada vez más. Coges un vaso y metes dentro el
sobre de tila Hornimans. Su indiferencia era insultante: le habías
recogido en tu casa cuando no era nadie; le habías dado tu cariño, tu atención;
tú le dabas de comer, le alimentabas. Y él, ¿qué te daba a cambio? El vapor que
se eleva por encima del cazo te anuncia que va has de apartarlo de la placa.
Viertes el líquido humeante en el vaso, e instantáneamente la bolsa de fieltro
empieza a desprender un color amarillento al tiempo que el característico olor
de la tila se extiende por la cocina. Pues él a cambio no te había dado nada.
Nunca recibiste una señal de agradecimiento por tus sacrificios. Tú siempre
pendiente de si estaba bien o mal, de si tenía algún problema, y él no se
molestaba en lo más mínimo por ti: ya podías estar deprimidísima, al borde del
colapso, que él iba a seguir acostado sin moverse un ápice. Aunque no sueles
tomar azúcar, metes una cuchara sopera en el azucarero y la viertes entera en
la tila. Al desleírse, el azúcar crea formas ondulantes en el agua. Era un
egoísta, un ególatra. Sólo pensaba en sí mismo. Lo único que hacía contigo era
utilizarte. Y cuando todo parecía no poder ir a peor, comenzaron sus
excursiones nocturnas. Noches enteras las pasaba fuera de casa, y cuando
llegaba a la mañana siguiente, hacía como si no hubiera pasado nada. ¿Es que se
creía, que eras tonta, que no sabías lo que había estado haciendo toda la noche
por ahí, detrás de la primera gatita, como un cualquiera? Era igual que todos.
Aplicas tus labios al borde del vaso y sorbes un poco de rila para calmarte.
Aunque te quema, sigues bebiendo. Quieres creer que te lloran los ojos porque
la rila está muy caliente. Y tú seguías acogiéndole en tu casa. Porque, le
querías demasiado. Al final la situación era insostenible. El gruñía por
cualquier cosa v tú te preguntabas cómo habías llegado hasta aquí. Parecía tan
especial al principio. Dejas el vaso en la pila. El calor de la tila en el
estómago te relaja. Fijas la vista en la fregona que descansa en una esquina,
con las hebras acartonadas por la sangre seca y la tarde de ayer se te presenta
otra vez más. Llevabas todo el día sola. El ya había desaparecido cuando tú te
levantaste. Y cuando volvió, en vez de disculparse, vino enseñando las uñas. Te
dio miedo, pero intentaste calmarle. Le pusiste la mano en la cara, y él se
apartó violentamente y te miró con una cara de odio que nunca olvidarás.
Entonces tú empezaste a gritar, a decirle que si creía que eras su esclava, que
ibas a soportarle toda su vida. Y ocurrió lo que nunca creíste que podría
ocurrir: él intentó dañarte. Se tiró encima de tí con toda su rabia. Tú te
debarias intentando quitártelo de encima, pero no podías. Te magulló todo el
cuello, te arañó la cara, incluso intentaba morderte. Tú retrocediste
tambaleando y chillando hasta que topaste con la mesa de la cocina. Para evitar
caerte te apoyaste en ella, y tu mano crispada tropezó con el cuchillo, y sin
saber ni lo que hacías, lo agarraste y se lo clavaste repetidas veces. La
sangre tibia resbaló por el dorso de tu mano. Una vez muerto, todavía seguiste
de rodillas clavando en el cuerpo inerte la afilada hoja hasta que dejaste caer
el cuchillo y te cubriste la cara con las manos llorando presa de un ataque de
histerismo preguntándote qué habías hecho. Como pudiste llevaste el cuerpo
hasta la bañera y limpiaste apresuradamente las manchas delatoras en la
oscuridad.
Ahora él sigue esperándote en la penumbra del cuarto de baño. La rila
te ha calmado y puedes pensar con un poco mías de lucidez. Tienes que conseguir
que no te domine la angustia. Vas a limpiar la casa, quemar la ropa, y
deshacerte del cuchillo y de él. ¿Cómo vas a deshacerte de él? Tal vez lo más
inteligente sería descuartizarlo y meterlo en bolsas de basura. Sí, eso parece
lo más inteligente. Tienes la sierra eléctrica en el trastero. Los vecinos
pensarán que estás deshaciendo algún mueble viejo. Podrás hacerlo todo antes
que pase el camión de la basura.
Limpias como puedes la fregona y llenas un cubo de agua caliente con
lejía. Viendo cómo está el suelo de la cocina y el pasillo vas a necesitar
muchos cubos de agua antes de que no haya señales en el parqué.
Afortunadamente, la pintura de la pared está intacta, y la cocina tiene baldosines.
Cuando llevas un par de metros fregados, oyes un sonido que te hiela: el camión
de la basura.
No tienes tiempo: sueltas la fregona, corres a la cocina, coges una
bolsa de basura y vas al servicio jadeando.
Abres las corrinas y lo que ves no te agrada en absoluto: las
repetidas cuchilladas lo han desfigurado completamente.
Nadie diría que lo que ahora metes apresuradamente en la bolsa es un
gato.
Abadacus