PROSA:

 

Primer premio (ex aequo): "Amapolas y Recuerdos"

Seudónimo: "El guardián del Sepulcro"

 

MARTA ELENA FERNÁNDEZ LOPEZ

I.B. "Calderón de la Barca"

 

 

 

                  Una culebra ronroneante de ruedas y de motores se arrastra sobria y tranquila por el pueblo de las tres mentiras. El monaguillo, colgado del badajo, din-dan, mira con ojos de lechuza el desfile bajo sus pies. Din-dan, las campanas tocan a muerto. Din-dan, tocan a muerto.

 

                  -Ya no toques más hijo, que no han de sonar las trompetas del paraíso para este Mefistófoles sifilino.

 

                  -Lo qusté diga, padre. ¡Qué de gente ha venío! ¿verdá?, y eso que mi madre siempre andaba diciendo que este hombre era más que un pobre desgraciao. Pues anda, que si no llega a serlo…

 

                  La lengua del reptil lame las puertas del cementerio. Tras de las blancas tapias la fiera boca sangrienta de un león anhela fraternalmente el cuerpo yerto de Juan el Fosco.

 

-Parece mentira que esté muerto. Yo aún no me lo puedo creer, de verdad. Es que era tan…, tan…, ¡bueno! Ya sabes, tan guapo, tan simpático, tan…bribón. ¡Ay! En fin, chica, qué vamos a hacerle: polvo somos y en polvo nos convertimos.

 

                  -Sí niña, lo que tú me digas, pero es que del Fosco se podía esperar esto y mucho más. Porque era un golfo y un hijo de mala madre, lo sabemos todos ¿eh? El Fosco tenía que acabar así, era de ley. No se puede ser tan malo…

 

                  A hombros de cuatro mozos como cuatro castillos, como los cuatro jinetes de Apocalipsis, toca Juan el Fosco su marcha fúnebre golpeando con los huesos y las carnes descoloridas su caja de cartón piedra.

 

                  Una urraca meditabunda y rabiosa llora con la pena de una viuda. Deshilacha en lágrimas y saliva las pálidas mejillas negras y se regocija y llora de ardiente dolor tardío.

 

                  No resulta nunca sencillo para una mujer olvidar a un hombre, pero no tener grabada con fuego la imagen de Juan el Fosco en la frente, era tarea imposible para Matilde la del Carnaso. Es duro dejar apolillada en el recuerdo la traición.

 

                  ¿Cómo olvidar los ojos de soslayo mal encarado clavándose como dagas empuñadas por la fuerza de un Titán, cuando negra y decente iba al rosario? Cuando negra y decente iba a comprar jabones y afeites para perfumarse las carnes; cuando cabezas y miradas de sardina en la lonja se deslizaban entre sus uñas; cuando la vida pasaba de largo sin detenerse en el quicio de su puerta…? ¿Cómo borrar los susurros desdentados que dejaban tras ellas un rastro putrefacto de tristeza? ¿Cómo atormentar a los cinco sin sentido para acabar con esa escena, con la unidad de dos entrañas, con el mar dulce y salado, seco y ardiente, de sangre, sudor, saliva y lágrimas? ¿Cómo acabar con el delirio de las cerezas verdes?

 

                  El amor se escapa entre lágrimas y suspiros. La rabia ahoga el pecho.

 

                  -Oye, pero ¿es verdad eso que cuentan del Fosco?

                  -Toma pues claro que es verdad! Si lo sabe todo el pueblo. ¡Bueno! En realidad, nosotros ya nos olíamos algo. Sí, porque una vez, por lo visto, Ramón el de Machuque…

                  -¿Quién es ese?

                  Sí hombre, ése que vive pasada la casa de Florín, a ver cómo te lo explico.

                  -¡Ah! creo que ya sé quién me dices. Pero ¿ése no es el hermano de aquella…?

                  -Sí, justo, de aquella que perdió el asunto el día de la tormenta. Me acuerdo como si fuera hoy. Vino un rayo y ¡zas! Se les derrumbó el pajar, salió la moza corriendo en saya por el campo, hasta que llegó al café a buscar a su padre que estaba allí echando las cartas con el resto de la parroquia, porque al viejo Machuque… las cartas, como leche caliente. Sí, del susto se le retiró prematura y hasta hoy. Hay que ver que cosas tiene la vida ¡eh! Pero qué te estaba yo contando, porque me enrollas y me enrollas y no tienes parada. ¡Ah! Sí. Pues eso, que nosotros ya estábamos al tanto porque un día, Ramón el de Machuque, los pillo en un montón en la vera del camino que baja a la cetárea. Pero aquella vez, no fue nada comparado con lo que pasó después. Aquello fue el colmo de los colmos, se armó una de padre y muy señor mío.

                  -Pero, ¿qué pasó?

                  -¿Qué qué pasó? ¡Bueno!, pues que pasó que Matilde la del Carnaso…

                  -¿Quién es Matilde la del Carnaso?

                  -¡Coño!, pues la parienta del Fosco, no te estoy diciendo.

                  -¡Ahhh!

                  -¡Bueno!, pues pasó que la del Carnaso había ido a casa de su hermana Josefa, la que vive en Casatelares del Pino; y tenía pensado quedarse allí a dormir, pero a media tarde y por esas cosas raras que tiene el destino, empezó a ponerse mala, pero mala de cojones ¡eh!, con una revolución de estómago… Y se volvió a casa no fuera algo gordo y tuviera que quedarse mucho tiempo molestando. Cuando llegó a casa pensó que no iba a haber nadie, porque el Fosco viene de la mar a eso de las seis o por ahí, pero cuando abrió la puerta de la cocina… ¡vaya sorpresa!

                  -¿Qué ocurrió entonces?

                  -¿No te lo imaginas?

                  -Pues no, dime, ¿qué pasó?

                  -Que al lado de la cocina de carbón, en el suelo, en sus santas narices, allí estaban los dos como animales, revolcándose, en cueros vivos, dale que pego. Por lo visto, tan ocupados estaban que ni cuenta se dieron de que ella estaba allí hasta que empezó a echar por aquella boca…maldiciones y blasfemias, y empezó a cagarse en todo lo habido y por haber, en lo arriba y en lo de abajo. Y salieron ellos echando chispas, medio tapándose como podían. Y la del Carnaso, con el gancho de la cocina detrás de la parejita en bolingas, parece que la estoy viendo, y oyendo: "¡No corras, no, no corras! ¡Malnacido! ¡Que te deslomo, ven acá, que te despellejo vivo, so cabrón! ¡Hacerme esto a mí! ¡Yo, que te lo he dado todo y más, que no tenía, y tú mientras dándomela con esta furcia rabaneda! ¡Ven acá! No corras, no corras, ¡hijo de puta!, ¡que si pillar te pillo te arranco la piel a tiras!" ¡Ay!, entonces todavía pasaban cosas dignas de contar en este puñetero pueblo.

 

                  El ataúd del Fosco es una caja de zapatos que guarda el brillo del charol, la suavidad de la piel, la dureza del cuero. El ataúd del Fosco es una caja de zapatos en la que vive y talla un ejército napoleónico de gusanos capitaneado por una lombriz de anillos de estaño, sebosa y altiva, que sabe mucho de carne de muertos y de pena de cementerio.

 

                  La caja desciende entre sogas y rezos al subsuelo crepuscular. La caja se desliza a trompicones por entre las raíces de la tierra, pero no encuentra dificultades para avanzar suavemente en los sentimientos humanos.

 

                  Mientras sitian al Fosco muros insondables de tierra oscura, en la Ventilada aún se respira un dulce y embriagador olor a sangre. El jugo del fruto de la vida de Juan el Fosco se desparrama por el suelo y la pared, antaño blanca e inmaculada.

 

                  Parece que todavía puede escucharse, si se presta atención, la disputa feroz entre el Fosco y un verde tricornio.

 

                  La Ventilada está a rebosar, con coge ni un alfiler. Son las fiestas del pueblo y todo el mundo sale a disfrutar y a gastarse los cuartos, los pocos cuartos que aún les quedan.

 

Después de la misa y de la procesión del día grande, del día de la patrona, los hombres con sus mujeres colgadas del brazo, van a la Ventilada a tomar unos chatitos, a vivir que son dos días. Y el agua, para los peces, que pudre la madera y oxida el hierro. Los pantalones con la raya bien marcada, los chalecos de franela, las negras y altivas boinas, los encajes vaporosos y los moños estirados, comentan con interés los últimos acontecimientos del pueblo, las últimas novedades, los cotilleos postreros… Como casi siempre, en la boca de la mayoría está Juan el Fosco.

 

                  También el Fosco ha acudido a la cita y en la Ventilada está con su mejor traje, con su mejor sonrisa, sin su mujer. El fosco bebe y bebe y parece que el vino cae por un agujero infinito que jamás llega a su fin. El Fosco tiene los ojos enrojecidos y la palabra fácil y la baba colgando. El fosco suelta por esa boca que dios le ha dado barbaridades sin duelo alguno. Hay un guardia civil, todo por la patria, tomando una copeja de orujo, y el Fosco dirige hacia él toda su ira y su locuacidad. Le acusa, le insulta, le humilla, se ría de él en su verde cara de serpiente, suenan "cabrón", "contrabando", "cochino", "carajo"… ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! Las voces de una pistola reglamentaria violan el barullo de la Ventilada en fiestas ¡PUM! ¡PUM! El Fosco cae, como un castillo de papel en el aire cae, con la boca inundada de un rojo que no es de vino, con el pecho hundido de balas, la cabeza de muerte, la vida se le ha ido.

 

                  El Fosco es tapado con suavidad por una manta de tierra, raíces y bichejos asquerosos que le acompañarán por el resto de su vida, por el resto de su muerte.

 

                  Las urracas rezan, los hombres critican. El cuerpo de Juan el Fosco ya ha sido sepultado, ya no es lo que era, ya nadie le teme, ni nadie le desea, ya nadie le espera, ni nadie le hace sombra. No, el Fosco ya no es lo que era.

 

                  El pueblo se retira del blanco cementerio en silencio, para dejar reflexionar a solas al muerto.

 

                  El cuerpo vacío, helado, yerto del Fosco, está ahora presidido por una cruz de mármol gris con un cristo dorado de bronce que le acompaña en sus horas de tedio y le da conversación cuando se siente solo. No hay peor para un muerto que la soledad no deseada.

 

                  En la imaginación y en el corazón de los que conocieron al muerto aún su cuerpo es caliente y sensual y lleno de vida. Aún las palabras y los deseos y las envidias y los recuerdos pintan de colores chillones la existencia gris de Juan el Fosco; mientras en Villanueva de Gómez, que ni es villa, ni es nueva, ni es de Gómez, en el pueblo de las tres mentiras, din-dan, las campanas tocan a muerto. Din-dan, tocan a muerto.

 

 

                                                                       "EL GUARDIAN DEL SEPULCRO"