PROSA

 

 

Accésit:  "A golpes de novedad"

 

 

Patricia Velasco Cárdaba

IFP “Joaquín Rodrigo”

(Madrid)

 

 

 

A GOLPES DE NOVEDAD

 

Le vinieron a la cabeza unos versos de un pequeño poema de Antonio Machado: Dice la monotonía / del agua clara al caer:  /hoy es un día como otro día / hoy es lo mismo que ayer. Lo había aprendido de niño, a pesar de que entonces en las escuelas no se estudiaba ni a Machado ni a ningún otro poeta. Pero él, como hijo de maestro, fue instruido en la literatura y tuvo acceso a los libros que su padre guardaba cuidadosamente en el sobrado de la escuela. Allí subía después de cenar con un candil. Se sentaba encima de unos sacos y durante algo más de una hora no vivía más que para conocer la literatura. Se sentía un niño privilegiado. Mientras que algunos libros de Lorca no se enseñaban a los escolares, él podía deleitar su mente con ellos. Nunca se le ocurrió preguntar a su padre cómo podía tener tantos libros, no le preocupaba en absoluto. El hecho es que a veces se aprendía de memoria los poemas que más le gustaban. Los recitaba una y otra vez, igual que hacía en la escuela con las tablas de multiplicar, los límites de España o la lista de los reyes visigodos, añadiéndoles un ritmillo multiuso que se grababa fácilmente en la memoria. De todos los poemas que así pudo aprenderse, ese día, aquel le vino a los labios sin querer, sin haber hecho ningún esfuerzo por recordarlo y lo musitó en voz baja, reconociendo todavía algún vestigio del ritmillo. Eso le hizo sonreír, pues involuntariamente repitió los límites de España y se acordó de su niñez.

Ya entonces se veía rodeado de rutina. Levantarse temprano para ir a la escuela y al salir, ir al majuelo a recoger los palos y sarmientos en haces para llevarlos a casa. Otras veces, en lugar de recoger los haces, había que ir a cavucar las remolachas, dependía de la época. Después de comer, volver de nuevo a la escuela. Día tras día, ir por agua a la fuente muchas veces, dar de comer a las gallinas, recoger hierbas para los conejos... Quedaba poco tiempo para los juegos. De toda esa monotonía lo único que podía rescatar era su hora diaria de lectura en el sobrado.

 

De la televisión salían gritos de indios de una película del oeste. Los colores de las llanuras, en la oscuridad del comedor, alumbraban la figura de Manolo. Estaba sentado en el sillón, sin prestar atención a la tele. Llevaban ya cuatro días retransmitiendo películas de vaqueros a la misma hora y en el mismo canal. Era un especial de John Wayne y Clint Eastwood. Las dos primeras las vio enteras, sin perderse ningún detalle, durante la tercera se quedó dormido en la cuarta o quinta tira de anuncios. A la cuarta, Fort Apache, apenas le prestaba atención. No apagó el aparato porque cuando lo hacía todo quedaba en silencio y entonces las raíces de la soledad salían de entre los cojines del sofá y trataban de asfixiarle. Hacía rato que se había terminado el vaso de leche con galletas que cada noche se tomaba antes de acostarse. No le quedaba nada por hacer. Ya había recogido el mantel de la mesa, había bajado las persianas, se había asegurado de que todos los grifos estaban bien cerrados, había guardado en la tartera los filetes y pimientos con queso de la cena para comer al día siguiente y había dejado preparada, en una silla, una muda limpia y unos calcetines, únicamente le quedaba irse a la cama. Sin embargo, hacía una hora que no había cambiado de posición y no tenía ninguna intención de hacerlo. La película acabaría enseguida y Manolo seguiría quieto. Tenía la mirada perdida en el mismo lugar en el que tenía perdida la mente: su infancia. No podía presumir de haber tenido una niñez feliz y maravillosa, pero tampoco podía lamentarse de haber pasado por un infierno. Los primeros años de Manolo en el mundo habían sido sencillamente normales, fueron una perfecta media aritmética entre la felicidad completa y la desgracia más aterradora.

 

No había nada que pudiera sacarle de ese embobamiento. No tenía teléfono, de modo que ninguna llamada inesperada podría despabilarle. Tampoco tenía ningún vecino que aporreara la puerta para visitarle a las doce de la noche, ni a esa hora ni a ninguna otra. Las ventanas de su casa deban todas a un patio interior muy silencioso y ninguna estridente pelea familiar le despertaría. Ni siquiera un reloj que sonara por equivocación podría sacarle de sus pensamientos, ya que jamás había utilizado con cacharro de esos. De modo que era probable que Manolo siguiera rememorando su monótona vida hasta quedarse dormido o hasta que el cartero llamara por el telefonillo a las nueve de la mañana, como hacía todos los días.

 

Efectivamente, volvió en si cuando el cartero llamó al telefonillo. En los dibujos animados que estaban echando por la televisión, una ardilla y un conejo se peleaban con estacas. . "¡Así son ahora los jóvenes de violentos, no me extraña!" Por primera vez llegaría tarde al trabajo: Mientras se peinaba, a toda prisa, los cuatro pelos que aún le quedaban, comenzó a alegrarse por el retraso, que significaba un hecho extraordinario e insólito que venía a romper la monotonía. Todo un logro en su vida. Así que aún se permitió el lujo de aumentar la valía de su primer retraso. Y mientras estaba parado en el segundo piso, pensaba que le hubiera gustado tener nietos para contarles que un día se quedó ensimismado en sus pensamientos durante toda la noche, en el sofá, con la televisión encendida, y llegó tarde al trabajo. Sin embargo, no tenía nietos, ni los tendría jamás, a no ser que se casara inmediatamente con la primera mujer que aceptara.

 

Manolo trabajaba en una tienda de imágenes cristianas que estaba en una , callejuela perdida en el centro de Madrid. El se encargaba de limpiar el polvo a las figuras y los cuadros, de catalogar las estampas, de ordenar las vírgenes por el orden alfabético de sus nombres y cosas de esa índole. Jamás atendía a los clientes, no tenía presencia, ni valor, ni verborrea lingüística. El comercio era de una pareja de ancianos antipáticos, chillones, hoscos e intratables que no era ni beatos ni boatos. El viejo tenía una sonrisa fingida para la clientela y una boca torcida para Manolo. Ella, vestida de riguroso luto, parecía una sombra que paseaba de un lado a otro de la trastienda. Allí llevaba las cuentas, hacía pedidos a los proveedores y recibía las llamadas de parroquias o particulares que querían informarse de si tenían tal o cual virgen.

 

Mientras iba en el metro, miraba cada dos por tres el reloj y se disgustaba viendo que el tiempo pasaba tan despacio y que el vagón iba tan rápido. Esta emocionado, pensaba que iba a ser la jornada más peculiar de su vida. Durante su tediosa biografía, sólo había experimentado tres días notablemente diferentes. El primero fue cuando a regañadientes, consigo mismo, cogió el autobús para Madrid desde su pueblo, de ando atrás las tumbas, aún calientes, de sus padres. El siguiente cambio se dio cuando entró a trabajar en la tienda, hacía ya veintisiete años. El último fue el que más le gustó  abandonar la pensión donde residía para mudarse a la casa que había comprado con su propio dinero. Exceptuando esas setenta y dos horas, el resto de su existencia había sido tan semejante que muy poco quedaba por contar:

 

El vagón abrió sus puertas y una masa de gente entró a presión, estampando a Manolo contra la puerta que comunica con el siguiente vagón. Así, comprimido, siguió unas cuentas estaciones. Cada vez que el metro paraba, Manolo intentaba salir, pero pronto se veía de nuevo encerrado entre la gente. Lo peor de todo es que viajaba en la línea circular y el fin de trayecto no podía sacarle del apuro. Pasarían unas tres horas hasta que el vagón estuvo lo suficientemente despejado como para que pudiera bajarse. Tras la insólita travesía, se encontraba aturdido. No tenía la menor idea de dónde se encontraba y aunque algún cartel se lo indicara seguiría igual de desorientado. Manolo no conocía más Madrid que la zona donde vivía, Vicálvaro, y las calles más cercanas a su trabajo. Sabía coger el autobús y luego el metro para llegar a la tienda, pero sólo las paradas necesarias. Fuera de estos sitios ignoraba por completo el resto de la ciudad. Tampoco tenía amistad con nadie como para llamarlo y salir del aprieto. De todos modos, a Manolo la situación le entusiasmaba. Ya había olvidado lo emocionante que resultaba llegar tarde al trabajo, ahora prefería no ir y dedicarse a explorar la gran urbe.

 

Entre unas cosas y otras, cuando salió del metro ya era la hora de comer. No llevaba encima más que doscientas cuarenta pesetas y una tartera con dos filetes de lomo fríos acompañados por pimientos y unas lonchas de queso de oveja. Vagó un rato por calles calenturientas que parecían fundirse bajo el sol. Había poca gente y sólo algunos coches circulaban. Se sentó a la sombra de una iglesia, en una plaza, para comer. Masticaba con parsimonia los filetes que le sobraron de la cena y que se llevaba, cada día, para comer en la tienda. Mientras terminaba con los pimientos, intentaba recordar, sin éxito, los versos de Machado. Todo eso le hacía gracia. En lugar de estar comiendo, como todos los días laborables, solo, en la oscura trastienda, esperando reanudar su trabajo, estaba en una plaza soleada, acompañado por el revoloteo nervioso de unos cuantos gorriones y disfrutando de un día distinto. No era tonto y si deseara llegar al trabajo sabría coger el metro para regresar, pero eso significaba volver a la normalidad y realmente no le apetecía en absoluto. Le parecía estar viviendo en sueños, sueños de liberación. A cualquiera la experiencia de Manolo le resultaría una estúpida e insulsa pérdida de tiempo, sin embargo, para él era un original acto apoteósico. Tenía unas ganas locas de continuar con esos sueños.

 

No sabía muy bien qué era lo que le apetecía hacer, pero tenía muy claro que debía hacerlo enseguida, antes de que recuperara la sensatez y volviera a tomar el metro. Afortunadamente, ya no recordaba por dónde había llegado y no había nadie en la calle a quien preguntar. Decidió quedarse sentado en aquel banco y esperar a que ocurriera algo que nunca hubiera presenciado. Y pasaron muchas cosas nuevas en la vida e Manolo. Alguna tan sumamente absurda, ilógica e incomprensible que terminó por completo con su rutina, alejándolo, por fin, del modo más tonto, de sus hábitos reglados y de los antiguos días de hastío.

 

Primero, entró en la plaza un hombre trajeado con un maletín en la mano. En un principio, Manolo estalló en carcajadas al ver que iba hablando solo. Pero después descubrió que mantenía una conversación telefónica. Usaba un móvil, como los que anunciaban en todas partes. Los había visto en televisión, en los carteles publicitarios de las paradas de autobuses, en el periódico, oía hablar de ellos en la radio e, incluso, una vez alguien que entró en la tienda llevaba uno en el bolsillo, pero aún no había descubierto a nadie utilizándolos. Esos aparatos le parecían una estupidez, pero lo hizo gracia. Fue la primera novedad de la tarde. Poco a poco, la plaza fue llenándose y Manolo se vio rodeado de gente que paseaba, de niños correteando, de ancianos jugando a las cartas en una mesa cercana, de madres cotilleando sobre la falda tan corta que llevaba la niñera que paseaba con un bebé en un carrito. Según se iba consumiendo la tarde, iba cambiando el ambiente en aquel lugar. Como era viernes los bancos de la plaza fueron ocupados por pandillas de jóvenes que se preparaban para divertirse en el fin de semana. Vio cómo una pareja de chavalitos, que no llegarían a los quince años, se besaba con atrevimiento a un metro escaso de él. Jamás había presenciado, en tan primera línea, esa procacidad carnal. Así, con estas pequeñas cosas, Manolo enriquecía su día de desapego de la apática rutina. Lo estaba pasando bien y durante horas no se había movido del banco en que comió, permanecía quieto en ese punto ideal de observación.

 

Al principio, se imaginaba el enfado que debían de tener sus viejos jefes, que andarían preguntándose irritados dónde se habría metido su empleado. Se reía pensando en eso. Pero, con la tarde tan interesante que había tenido, les olvidó por completo.

 

Cuando ya hubo anochecido, la plaza quedó vacía. Manolo se levantó y paseó lentamente. Aún no se le había ocurrido pensar que tendría que marcharse de allí. Con un día de diversión bastaba por el momento. El lugar estaba tranquilo y nadie husmeaba por los alrededor. De fondo se distinguía el eco de ruidos lejanos, coches, música, jóvenes cantando. Alguna mujer gritando al marido... Pero la plaza se había quedado afónica y nada perturbaba su paz. Sacó Manolo de una papelera dos botellas de plástico a medio terminar. Las había dejado allí una panda de adolescentes que ya habían bebido suficiente para entonarse y poder divertirse después. Junto a ellas, varios cartones de vino vacíos y unas latas de coca-cola estrujadas. Nunca le había llamado la atención el alcohol, ni siquiera de muchacho. Pero esa mezcla rosada le tentó. Cogió las dos botellas y sentado en el suelo fue acabándolas. Esto era, por el momento, la mayor proeza de Manolo en aquel día. Constituía el colmo de la originalidad en su vida. Esta satisfecho consigo mismo y se felicitaba por los sueños que continuaba viviendo.

 

Naturalmente, Manolo se emborrachó. Se había refrescado con dos litros de tibio calimocho, y a su estómago eso no le sentó nada bien. Con la bebida en el cuerpo, se sintió eufórico. Salió bailando torpemente de la plaza que durante el día le había acogido. Vagabundeó, por callejuelas, acompañado de su embriaguez, de su sombra y de una botella vacía. Hizo muchísimas tonterías, entre ellas recitó a pleno pulmón los límites de España, delante de un balcón. Ante el vocerío, el balcón se abrió y alguien le tiró un cubo de agua fría.

 

Empapado, más calmado y con pinta de vagabundo, se fue arrastrando por calles oscuras y ruidosas. Se paró en medio de una callejuela que desembocada en una gran plaza. Allí, las sombras se alargaban y parecían interminables. Todas aquellas formas negras se retorcían y se estiraban por las paredes y el suelo de aquella solitaria callejuela. Luchaban por optar a un espacio amplio en la plaza del fondo para mezclarse allí con más sombras. Querían juntarse con retratos de los personajes más variados de Madrid: borrachos ansiosos en busca de su "último trago", prostitutas escondidas bajo una recargada máscara de maquillaje, jóvenes desenfrenados ahogados en pastillas para aguantar la movida nocturna, un bohemio anciano que leía un libro sentado en un banco a la luz de una farola, indigentes que se acomodaban en un lecho de cartones... Todas aquellas sombras mezcladas en la negrura del cielo, contrastadas con la suave luz de cuatro farolas, daban lugar a un pintoresco pero tenebroso cuadro que asustaba a Manolo. Tuvo que apoyarse en una farola para no caerse. La luz se cernía sobre él. En el asfalto se proyectaba su larga sombra. Enfrente, el viejecito del banco le observaba. Cuando terminó el escrutinio de Manolo, el anciano bajo la vista a su libro para proseguir la lectura y no volvió a moverse. Manolo necesitaba la ayuda de alguien y echó a andar hacia el banco. Una rubia teñida se le acercó. Sus curvas eran grotescas y llevaba un ceñido vestido rojo con un escote escandaloso. Aquella figura provocó en Manolo ganas de vomitar. Cuando quiso darse cuenta le había puesto la mano en su hombro. La rubia sonrió. Él cohibido, negó con la cabeza. Ella le miró con desprecio y se alejó deprisa dándole vueltas a un diminuto bolso. Volvió la cabeza y gritó: "¡Eres un cerdo asqueroso maldito borracho!"

 

Manolo estaba confundido. Sus sueños de liberación ya no le parecían divertidos, prefería su acostumbrada monotonía, quería recordar los versos de Machado. Tambaleándose se fue acercando al viejo que no le hacía el menor caso. Nadie reparó en él. Miró hacia atrás, se estaban acercando. Sus ojos, abiertos como platos, atisbaron a ver cómo una pandilla de sombras corría por el callejón. No acertaba a encontrarle forma alguna a las opacas siluetas, pero la primera de todas le resultaba familiar. Era rechoncha y, a su lado, algo pequeño se movía rápidamente en el aire. Pensó en un fantasma. Pero las luces de las farolas le hicieron salir de su equivocación. La rubia iba delante, los conducía. Detrás, doce o trece chicos corrían hacia él. Todos se abalanzaron rodeándolo. Fue un infierno. La sangre se esparcía por el suelo y salpicaba a las extravagantes ropas de los jóvenes. Le propinaban patadas, puñetazos y uno de ellos no cesaba de marcar el cuerpo de Manolo con una cadena. De repente, una voz se oyó entre el griterío: "¡Está muerto! ".

 

Se alejaron corriendo, acompañados por la prostituta. Manolo quedó a los pies , del anciano. Éste se levantó cerrando el libro y, tras una leve sonrisa picara, se fue andando tranquilamente.

 

Aquella era la ilógica y absurda novedad que culminaba el día más peculiar de la vida de un hombre cuya repetitiva existencia ya le había comenzado a convertir, hacía tiempo, en un cadáver.

 

Le vinieron a los labios, sin querer, unos versos de Lorca: "Un muro de malos sueños! me separa de los muertos. " Después, la plaza quedó vacía, en silencio, los testigos se esfumaron y sólo pudo oírse el leve brotar de la sangre.