PROSA

 

Accésit de prosa:  "Rubicundo"

 

 

José Luis Blanco Navarro

IES “José de Churriguera”

Leganés (Madrid)

 

 

 

RUBICUNDO

 

A Rabicundo el cielo anunciaba el crepúsculo. El sol, con su luz más hermosa, teñía de amarillento el seco camino que me conducía por el encinar. Débiles rayos de luz penetraban tímidamente entre los árboles, dándole al lugar un tono místico.. Era una monótona tarde de otoño, como otras tantas, que me acompañaba siempre que podía en mis momentos de meditación. Era la única monotonía que amaba. Sentía que me unía con el paisaje, pues me encontraba tan solo, que si no fuera por, tan ejemplar confidente, este valle de lágrimas, penurias y desengaños hubiera sido insoportable. Regresaba a casa, pensando menos que cuando partí. Me sentía casi tan ligero como el viento.

Ya en la comodidad del hogar, dejé la vieja rama  de robusta madera que desde hacía tiempo me servía de apoyo en los largos paseos. Era joven y no lo necesitaba, pero cuando la vi, tirada en el suelo de nadie, la quise como compañera de peregrinaje. Entré en el comedor. Allí me estaba esperando la familia para cenar. Devoré con avidez toso lo que mi madre había cocinado para mí. Tomé el postre y me fui a la cama. Poco a poco el sueño se fue apoderando de mí, hasta cerrar su puerta.

 

Un feroz impulso me desgarró súbitamente de mi sueño. Empapado entre fríos sudores, me levanté de la cama y me dirigí lo mejor que pude a través de la oscuridad absoluta que envolvía la habitación, hacia el salón. El fuego de la chimenea ya se había apagado, sin embargo, de él todavía emanaba calor.

Quise saber qué hora era. Para mi sorpresa, el reloj grabado con números romanos se había detenido: Olvidé la última vez que le cambié la pila. Salí al vestíbulo, donde está la entrada al resto de las habitaciones. Todas las puertas estaban abiertas. Me asomé a cada una de ellas y, sumergido en un lago de confusión, traté de asimilar por qué no estaba nadie de mi familia.

-Se habrán ido al pueblo a buscar algo- pensé en un principio, pero ¿tan temprano?, ¡si apenas había amanecido! –Deberán de estar fuera, en el jardín-.

 

Abrí la puerta que daba a la puerta delantera del jardín, que chirrió como nunca lo había hecho. Un bofetón de niebla dio contra mi cara. Nunca había visto algo parecido. No podía ver absolutamente nada que estuviese a más de dos metros de mí. Me encontraba alejado de la realidad. No veía las pequeñas esculturas del camino, ni el enorme ciprés que custodiaba el centro del gran jardín, y mucho menos las farolas que tan bien nos alumbraban en la noche. Cogí las llaves y salí. La niebla perdió algo de su densidad y podía ver algo más claro, aunque no mucho.

El silencio fue rotundo. Solo podía oír la grava del camino que estaba bajando, hacia el río.

Zigzagueando entre los desnudos chopos, llegué a la orilla. Los árboles apenas se agitaban con el viento, aunque el río seguía su curso, tan imparable, que solo el paso del tiempo podía detenerle. Todo alrededor era calma absoluta, tan absoluta como la muerte. Estaba al borde de la desesperación. Temía por encontrarme solo para siempre. Un repentino viento gélido, que rápidamente cesó, pero dejó huella en mí, vino del este. De ahí observé una lejana sombra, así que no podía distinguir su apariencia. Ya no me encontraba solo, o al menos, eso pensaba.

Avancé rápidamente hacia ella. El hecho de encontrarme solo borró cualquier sentimiento de miedo en mí. Ahora ya no me encontraría en ésta romántica situación sin compañía. Pero por más que corría, jamás alcanzaba aquella sombra. Exhausto, me detuve a coger aire. La figura comenzó a moverse. Me hacía señas con el brazo. Me estaba señalando hacia el norte, más allá, cruzando el río. Y desapareció.

 

Cada vez comprendía menos, pero debía salir de allí. Nada me lo podría impedir, así que seguí caminando, con el ruido de las pardas hojas secas de los chopos que el otoño había depositado en el suelo. Era un sonido agradable.

Me había alejado más que nunca de mi casa de fin de semana. Un paisaje un tanto extraño para mis ojos así lo corroboraba. Finalmente, llegué a un puente de un solo arco y cubierto de musgo entre piedra y piedra. Al fin hallé la manera de cruzar de forma segura el río.

Más allá, al atravesar el puente, un estrecho camino de arena me condujo a un pequeño pueblo que nunca antes había visitado. Era pequeño, de aspecto gris y sus casas estaban agolpadas formando angostas calles que conducían a una amplia plaza, donde se encontraba el punto de reunión  de sus habitantes, una pequeña iglesia de arcano aspecto. Al llegar a la plaza del pueblo, pude ver una puerta abierta. No quise entrar sin antes avisar, e hice sonar seca y gravemente el aldabón de oscuro metal que tenía la gruesa puerta de madera. Sólo el silencio me contestó, y arriesgándome cometiendo el grave delito de allanamiento, entré en la casa.

Tenía dos plantas. En la primera y hacia la derecha del pasillo de la entrada, estaba la cocina. Los platos y vasos rotos que había en el suelo me hacían pensar que la casa llevaba mucho tiempo abandonada. Los cubiertos, ollas, sartenes y demás útiles culinarios se encontraban fuera de la alacena, esparcidos por toda la cocina. No quise permanecer más allí, y salí del pasillo hacia la última sala que me quedaba por visitar del primer piso.

Al parecer, antiguamente era un comedor. Había un pequeño mueble oscuro al fondo de la habitación y una mesa con un mantel desgarrado en el centro. Las sillas estaban rotas y se encontraban desperdigadas por el suelo. En la mesa había un papel amarillento que  parecía haber sido arrancado de algún libro. Decía:

 

“Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz;

soy incorpórea, soy intangible;

no puedo amarte”

 

Además de estas palabras impresas, había unas frases escritas a mano con una caligrafía exquisita. Por el tono y por la tinta utilizada, debían de tener cierta antigüedad.

 

Yo, que en el olvido habito, que no vivo. Yo, sin nombre y sin cuerpo, aguardo más allá del tiempo, eternamente… Sí, quizá seas tú. Al final de las escaleras, subiendo uno por uno, los peldaños de los años, te espero. Más allá del tiempo, lejos de la vida.

 

¿Quién pudo haber escrito esto? Las dudas que en mí crecían se agolpaban formando una vorágine que me estaba destrozando por dentro. No entendía el significado de las palabras ahí depositadas, o no quería entenderlas, pero tampoco debía quedarme en ese lugar para siempre. Tenía que encontrar a alguien que me ayudase en esta difícil situación, que supongo que a nadie le gustaría experimentar.

Subí por las escaleras al segundo piso. Como en la mayor parte de las casas de dos plantas, era allí donde se colocaban los dormitorios. Entré en el que me parecía más grande.

Un viento helado se apoderó de mí al entrar en la sala, pero una sensación más extraña si cabe pasó por mi cuerpo cuando a través del ventanal abierto, donde las cortinas ondeaban al viento, una joven con blanco camisón se observaba en la penumbra.

 

Pareció sentirme, lo cual no fue raro, pues las escaleras sonaron demasiado mientras las subía. Lentamente se dio la vuelta y se dirigió hacia mí.

Ni en una maratón se me habría acelerado tanto el corazón. Estaba al borde del infarto, de la histeria, del miedo.

Se quedó inmóvil ante mí. Era una mujer joven de cabellos castaños y ondulados que se agitaban con el viento proveniente de la ventana. Su rostro era pálido y fino, su curvatura perfecta, pero lo más impresionante eran sus ojos. Uno era verde, y a través de él podía ver las montañas, plagadas de vegetación. Pero en el otro azul, estaba el mar.

Un mar tempestuoso y envuelto en olas gigantes capaces de reducir a astillas a cualquier embarcación. Aunque en ellos había algo más, algo incomprensible, algo que ni si quiera en mis más extraños sueños podría descifrar. Aquella hermosa joven sobrepasaba la realidad con su etérea esencia y rompía en un millón de pedazos todas mis conjeturas. No dijo nada. Extendió los brazos como para abrazarme, y me atravesó. Sentí el mayor escalofrío de mi vida. Sentí, por primera vez, mi alma.

Caí de rodillas al suelo y rompí a llorar. Todo era inexplicable. Y allí postrado en la sala, permanecí durante un largo rato. Cuando recobré, si así puede llamarse, la compostura, me asomé a la ventana. La chica ya no estaba.

Una muchedumbre negra se dirigía calle abajo, hacia la iglesia. Llevaban entre todos el habitáculo donde moraría para siempre el envoltorio de un alma que quiso desprenderse de él, para ser libre. Sonaron las campanas. Una hueste negra avanzó silenciosa hacia la puerta de la iglesia. Sonaron los gritos agónicos de los mártires.

No tenía opción. Salí de la casa para averiguar qué estaba ocurriendo en aquel extraño pueblo. Sin dudarlo, tomé rumbo hacia la iglesia, donde sin saberlo, sería expuesto al abismo.

La iglesia parecía mucho mayor en su interior. Constaba de una sola nave que era atravesada por el transepto. El largo y ancho pasillo desembocaba en un ábside con un maravilloso retablo.

Las figuras negras no estaban dentro de la iglesia, pero ¿dónde iban a estar si no? ¿Si les había visto entrar!

ME dirigí hacia el altar. Allí había un agujero de forma rectangular que parecía estar hecho a medida de un hombre. Me acerqué lentamente hasta el borde, y comprobé que no se veía fondo alguno.

No tenía nada que hacer allí, pues no había nadie. Di media vuelta y ante mí apareció aquella multitud de figuras negras. El pánico se apoderó totalmente de mí. Sin decir nada, una de ellas se acercó y me empujó al interior del agujero.

 

Abrí los ojos, y me encontré de nuevo en mi habitación. Ahora si que había despertado realmente. Todo había sido un sueño,, producto de mi subconsciente. Yo lo había creado.

LA luz ya había entrado en mi habitación. Estaba amaneciendo. Salí hacia el pasillo y estaban todas las puertas cerradas. Seguían durmiendo.

Me asomé por el ventanal del salón y aparté con las manos el vaho acumulado por el frío, para contemplar el exterior. Estaba lloviendo, débil y silenciosamente.

De entre la miríada de gotas que caían, centré mi atención en una sola. Se había quedado en el párpado de una escultura. Una mujer de largos y ondulados cabellos.

Pálida toda ella, lloraba.

Cogí un de los viejos libros que encima de la estantería habitaba. Lo abrí. Sus páginas, oxigenadas por el paso del tiempo, desprendían su inconfundible aroma.

Me senté junto a la chimenea. Todavía el fuego estaba encendido, aunque su llama era débil. Y así, junto a la música que crepitaba, leí mi sueño.