PROSA

 

Primer Premio:  "Ojos blancos"

 

 

Jorge García CArdiel

IES “Carpe Diem”

Getafe (Madrid)

 

 

 

OJOS BLANCOS

 

Al principio, el vacío fluía hasta el infinito. La blancura reinante era cegadora, inmaculada, deslumbrante.

Y de repente, sucedió.

Un pensamiento brotó de la nada. La verdad es que no era un pensamiento, porque no pensaba en nada concreto. Más bien era la conciencia de sí mismo. Y tampoco es totalmente cierto que allí no hubiera nada, pues los pensamientos siempre proceden de alguien.

Luego él existía. O ella. Nadie se percató de su existencia –porque no había nadie más –pero la blancura infinita dejó de ser tal. En el centro del vacío –si es que el vacío tiene un centro – apareció una sombra. Era como cuando un canto rodado cae en el agua tranquila de un río. La nada se onduló sobre sí misma, pero no volvió a su estado anterior. Allí apareció un silueta difusa, sin forma ni sustancia, porque estaba hecha de vacío. Era poco más que un pensamiento, -¿Quién soy?

 

Por primera vez, él –o ella – pensó en algo concreto. Y ese pensamiento brotó en forma de palabras. El nuevo ser se dio cuenta de que podía hablar en voz alta. Y de que podría escucharse. No veía nada, porque estaba rodeado de vacío y no había nada que ver. Pero tenía frío.

 

En el vacío, había surgido un ser. Estaba él solo, y era todopoderoso, porque sólo estaba é. Podía hacer lo que quisiera, y absolutamente todo su mundo –lanada- estaba bajo su control.

-Tengo hambre.

Del vacío surgió comida. Una masa informe hecha de la nada, que le resultó insípida. El ser se concentró, y esta vez surgieron fresas –unas enormes fresas dulcemente rojas –que devoró hasta hartarse.

 

Entonces, se dio cuenta de algo muy importante. Él o ella no tenía forma. Las fresas que había engullido con fruición tenían más entidad que él. No era más que una sombra, un pensamiento. Y decidió diseñarse un cuerpo-

Como no tenía ningún modelo, la tarea le llevó años y años. En realidad, pudieron ser uno segundos, porque en la nada no pasa el tiempo, porque no hay ninguna referencia que indique su paso. El caso es que 0por fin se dio por satisfecho. Era un ser de una belleza sobrenatural, con unas fuertes y esbeltas piernas sobre las que recorrer su mundo, unas delicadas orejas para oírse a í mismo, una pequeña y sonrosada boca con la que expresarse, unos dientes precioso, y unos insondables ojos blancos. Sospechaba que podía haber cometido algún error en su creación pero le pareció que lo esencial estaba ahí.

 

Pronto descubrió que no era así. Sufrió un pequeño desencanto cuando descubrió que allí no había nadie para contemplar su primera gran obra –él mismo- pero pronto se olvidó de tan peculiar idea. Y empozó a aburrirse.

Al principio no sabía qué significaba aquella extraña sensación, de dónde provenía, y a qué respondía. Aquello era lo primero que aparecía en su mundo que no hubiera creado él mismo. Era extrañísimo. Y, en sí mismo, era una horrenda tortura.

En aquel vacío, no había nada que hacer. Sólo estaba él. El tiempo se le hacía eterno, y es que, en realidad, era eterno, pues no pasaba.

Por primera vez en su corta existencia, el infinito en el que había nacido, que había respirado, y del que se había alimentado, le dio vértigo. Se sentía solo.

Decidió crearse un mundo, Pero quería que su mundo fuera perfecto, para que si alguna vez se encontraba a alguien más, éste se diera cuenta de lo poderoso que era su creador. Y comenzó a pensar en su gran obra.

 

Tan pronto como una idea le venía a la cabeza, ésta se materializaba. Pronto, se dio cuenta de que el espacio se estaba poblando de cosas inconexas, que flotaban entre sí sin ningún sentido aparente. Se obligó a sí mismo a dejar de imaginar. Y trató de ordenar su mente de una manera racional. Y su mundo comenzó a ser ordenado. Pronto, su creación –la gran creación, su mundo –comenzó a tomar forma. Cuando pareció estar completo, el ser creador le dio el toque final, lo más imaginativo de su obra, algo que a nadir más se le habría podido ocurrir: el tiempo.

El mundo que apareció alrededor del ser de ojos blancos era un mundo idílico, con unas playas hermosísimas, unas praderas verdes húmedas por un rocío constante, y unos mares inmensos. Y el tiempo pasaba por ellos, haciéndoles cambiar en una suave sucesión de estaciones, a cual más intrigante y novedosa.

El ser ya tenía mundo. Y tenía tiempo. Tardó dos años y diecisiete días en recorrer su creación. Pero pronto quedó hastiado, porque lo había concebido él mismo, y lo conocía como tan solo un creador puede conocer a su obra. Allá donde fuera, sus ojos blancos no veían más que paisajes inertes que se mecían con la tibia brisa del atardecer, o brillaban tranquilos con la plateada luz de la luna.

Se subió a la montaña  más alta de su mundo, y se sentó a esperar a que alguien más apareciera. Entonces se dio cuenta de que aquel esfuerzo de creación, aquel derroche de belleza temporal que había remplazado al vació eterno, había sido tan sólo un señuelo para buscar compañía. Y aquella persona que podía venir a visitarse y a admirar su obra, no venía. Se sentía solo.

 

Entonces, se decidió. Con unos ojos blancos de determinación, el ser se concentró más de lo que nunca lo había hecho, se concentró en sí mismo para descubrir  qué es o que en realidad era. Vio un pensamiento en medio del vacío, una sombra, y posteriormente, un ser de ojos blancos que se concentraba en sí mismo. Y decidió poblar su mundo con otros seres.

 

El esfuerzo fue inmenso. El ser de ojos blancos quedó extenuado, pero pronto su mundo comenzó a bullir de actividad. Las playas se llenaron de mariscadores que buscaban su sustento entre las rocas. Las praderas fueron atravesadas por enormes rebaños custodiados por sufridos pastores. Y el mar comenzó a ser surcado por frágiles naves, por las que pululaban curtidos marinos.

Y el ser no pudo dejar de sentirse desencantado con su obra. Observando a aquella legión de hombres, el ser descubrió que estaban tan ocupados buscando su propio sustento y su propia felicidad, que ni si quiera habían reparado en él, su creador. Nadie le dirigió la palabra en ese mundo, y nadie le concedió una mirada de amor, de amistad, de respeto.

 

Y se resignó a volver a empezar. Acabó con todos aquellos seres laboriosos, y creó otros que fueran felices por naturaleza. Razonó que si sus criaturas eran felices y tenían todo lo que pudieran desear, volverían sus miradas agradecidas hacia él.

Las playas se poblaron de padres que tomaban el sol lanzando perezosas miradas a sus niños, que jugaban retozando entre la espuma de las olas. Las praderas fueron pobladas por jóvenes de eterna belleza que corrían y bailaban con los pies descalzos por la hierba húmeda, ocupados únicamente con sus versos y canciones. Los mares fueron surcados por hermosos bajeles gobernados por aventureros y viajeros de vocación, que se solazaban con el cálido sol de mediodía, la mirada perdida en el horizonte.

Pero tampoco entonces nadie se acordó del ser creador de ojos blancos. Y éste se sentía solo. 

Más solo que nunca, más aún que cuando sólo estaba él, más que cuando ni siquiera él existía y el vació infinito se extendía por el sondable espacio intemporal.

 

Un relámpago de ira atravesó sus ojos blancos, y  una ciega determinación le arrugó el ceño. Con un gesto, borró del mundo aquella raza de seres desgraciados. Con el siguiente, se deshizo del mundo que tantos esfuerzos le  había costado crear. Nadie más lo iba a contemplar, luego no servía para nada.

El espacio infinito volvió a rodear al ser todopoderoso de ojos blancos.

Y éste decidió crear a otra criatura semejante a él. Exactamente igual a que él.

En medio de vació insondable, dos almas gemelas habías de entenderse.

No podía fallar.

Y por fin se decidió a llevar a cabo su última obra. Era el último intento por acabar con su profunda soledad. No tenía claro si iba a conseguir una crear una copia exacta de sí mismo, pero emprendió la tarea con todas sus fuerzas.

Tardó muchísimo en comprenderse a sí mismo lo suficientemente bien como para copiarse. O en realidad no tardó nada, porque el tiempo había vuelto a desaparecer, como si nunca hubiera existido.

 

Y lo consiguió. Cuando los ojos blancos del ser creador, apretados por el esfuerzo, se volvieron a abrir, se encontraron con un nuevo ser, idéntico a él, hermosísimo, observándole con sus insondables ojos blancos.

Cuños ojos que procedían de la nada, y que tan solo reflejaban la nada.

Ambos seres-creador y criatura-se miraron durante lo que pudo ser una eternidad, estudiándose con atención.

Y de repente, sucedió.

El ser se dio cuenta de que tan solo estaba contemplándose a sí mismo. Nunca él mismo podría mitigar su soledad. Todas las creaciones no eran más que partes de sí mismo, y por tanto, nunca podrían hacerle compañía.

Y en el vacío, no había nadie más. Tan solo él.

Comenzó a sentirse irremediablemente sólo.

En la nada, lo único que existía que no hubiera sido creado por él mismo era ese sentimiento de soledad que parecía llenarlo todo, y que parecía reflejarse en todo, desde en el vacío infinito que lo rodeaba, hasta en aquellos ojos blancos que aún lo observaban.

 

Y con un mudo sollozo, es ser desistió. Suspirando dejó de pensar. Sus esbeltas piernas, sus delicadas orejas, su pequeña y sonrosada boca, sus preciosos dientes, comenzaron a difuminarse. Pronto, el ser se vio reducido a una sombra, y poco después, ni si quiera eso.

Nunca más el pensamiento volvió a brotar de aquel solitario ser que había surgido del vacío sin que nadie supiera cómo.

Y, sin que nadie lo percibiera –por que no había nadie más- los ojos blancos comenzaron a confundirse con la blancura que fluía hasta el infinito, cegadora, inmaculada, deslumbrante.